— Isabelle, — la llamó Jane al darse cuenta de que no conocía el camino — ¿ No íbamos a casa de los Penhallow ?
— Shhh — le hizo una seña con la mano para que bajara la voz — Esa fue una excusa para deshacernos de Clary. Jamás iría a casa de los Penhallow a hacerle de niñera a un montón de escuincles.
— Entonces, ¿ a dónde vamos ?
— Iremos a buscar a Jace.
— ¿ Qué ? — Jane se quedó tiesa, incapaz de mover ni un músculo — ¿ Sabes dónde está ?
— Convencí a Magnus de que rastreara a Jace — explicó — Ese cabeza dura no me puede decir que hacer, y aunque no quiera, iré a ayudarlo. Debe saber que no es hijo de Valentine.
— Isabelle...
— ¿ Qué pasa ? — la pelinegra se alarmó al ver el rostro de Jane palidecer.
— Amatis me contó algo hace unas horas, algo que me cambió la vida por completo.
— ¿ Quieres contármelo ?
Jane asintió, sintiendo que Isabelle era lo más parecido a una mejor amiga que tenía en aquellos momentos.
— Amatis es mi madre — Jane hizo una pausa al ver el rostro de Isabelle transformarse en un amasijo de sorpresa — Mi padre fue Stephen Herondale.
— Espera... — Isabelle abrió tanto los ojos que Jane temió que se le salieran de las cuencas — Eso quiere decir que, ¿ Jace es tu hermano ?
— Así es — una lágrima resbaló por sus ojos — Después de tanto tiempo pensando que estaba sola, resulta que si tengo una familia. Tengo una madre, un hermano, e incluso un tío.
— Eso es genial...
Las palabras de Isabelle se vieron interrumpidas por un fuerte estrépito. Con los ojos muy abiertos miraron en dirección a las figuras que se movían ante ellas en la oscuridad. Se preguntaron cómo no las habían notado anteriormente, pero sin dar muchas vueltas al asunto, echaron a correr.
Cuando llegaron, pudieron ver a Sebastian inclinado con una daga sobre Jace. Cuando la daga fue a entrar, por lo que parecía ya segunda vez, Isabelle lanzó su látigo, el cual se enrosco en la muñeca del muchacho. Sebastian miró en dirección a la mano, sorprendido, a la vez que la daga caía de ella al aflojarse la presión y golpeaba contra el lodo con un sonido audible. Luego la mano misma, separada de la muñeca, chocó contra el suelo junto al arma.
Jane contempló con asombro cómo la mano seccionada de Sebastian rebotaba e iba a detenerse contra las botas de Isabelle. Isabelle tenía el látigo empapado en sangre y los ojos clavados en Sebastian, quien contemplaba fijamente el ensangrentado muñón de su muñeca con terrible sorpresa.
Isabelle le dedicó una sonrisa lúgubre.
—Eso ha sido por Max, bastardo.
—Zorra —siseó Sebastian… y se incorporó de un salto al mismo tiempo que el látigo de Isabelle descendía hacia él a una velocidad increíble.
El muchacho se arrojó a un lado y desapareció. Se escuchó un susurro de hojas; sin duda se había esfumado al interior de los árboles, pensó Jane.
—¡Jace! — exclamó la rubia.
Jane se arrodilló junto a él; su estela brillaba en la mano izquierda. Tenía los ojos llenos de lágrimas; Jace se veía fatal, peor de lo que esperaba. Isabelle se arrodilló junto a ellos con expresión de horror.
Jace lanzó una especie de borboteo.
—No hables. —Notó la punta de la estela arder sobre la piel del pecho—. Te pondrás bien. —Jane le sonrió temblorosamente—. Seguro que te preguntas qué diablos hacemos aquí —dijo—. No sé cuanto sabes… No sé lo que Sebastian te contó… pero tú no eres el hijo de Valentine.
El iratze estaba casi terminado; Jace podía sentir ya cómo el dolor se desvanecía. Asintió levemente.
—De todos modos, yo no iba a venir a buscarte después de que salieras pitando, porque decías en tu nota que no lo hiciésemos, y eso lo entendí. Pero por nada del mundo te iba a dejar morir creyendo que tenías sangre de demonio, o sin decirte que no hay nada malo en ti, aunque francamente, para empezar, cómo pudiste pensar una estupidez así… —La mano de Jane dio una sacudida, y ella se quedó inmóvil, sin querer estropear la runa—. Y era necesario que supieses que Clary no es tu hermana —siguió, con más dulzura pero sintiendo que el mundo se le venía encima—. Porque… porque tenías que saberlo. Ella no es tu hermana.
—Así que conseguí que Magnus me ayudara a localizarte.— comenzó a decir Isabelle — Usé aquel pequeño soldado de madera que le diste a Max.
Isabelle lanzó un grito. Jace intentó agarrarla, pero estaba fuera de su alcance; fue alzada y arrojada a un lado. El látigo se le escapó de la mano. Se puso de rodillas a toda prisa, pero Sebastian estaba ya delante de ella. Los ojos le llameaban furiosos y había una tela ensangrentada alrededor del muñón. Isabelle se lanzó a por el látigo, pero Sebastian se movió más de prisa. Giró en redondo y le asestó una patada, con fuerza. La bota que cubría su pie la alcanzó en la caja torácica. A Jane casi le pareció oír cómo las costillas de Isabelle se quebraban mientras ésta volaba hacia atrás y aterrizaba desmañadamente de costado. La oyó lanzar un grito cuando Sebastian volvió a patearla y luego levantó su látigo del suelo, blandiéndolo en la mano.
Jace rodó sobre el costado. El iratze casi terminado había ayudado, Jane se puso de pie . Él escarbó en el suelo para recoger la daga de donde Sebastian la había dejado caer, junto a los espantosos restos de su mano, y se puso en pie tambaleante. Olía a sangre por todas partes.
Dio un paso al frente. Isabelle insultaba a gritos a Sebastian, que reía mientras la asestaba latigazos sobre el cuerpo. Los chillidos de la muchacha arrastraban a Jane como un pez en un anzuelo.
Sebastian le daba la espalda; estaba concentrado en Isabelle. Probablemente pensaba que Jace ya estaba muerto. Y casi lo estaba. El chico caminaba casi sin fuerzas junto a Jane, la cual evitaba mirarlo para no sentir pena.
Sebastian tenía el brazo atrás, el látigo brillaba en su mano; Isabelle yacía sobre la hierba, hecha un guiñapo, y ya no gritaba… ya no se movía en absoluto.
—Pequeña zorra Lightwood —decía en aquellos momentos Sebastian—. Debería haberte aplastado la cara con aquel martillo cuando tuve la oportunidad…
Y Jace alzó la mano, con la daga en ella, y hundió la hoja en la espalda de Sebastian.
Sebastian se tambaleó y el látigo escapó de su mano. Se volvió despacio y miró a Jace, y éste pensó, con distante horror, que quizás Sebastian realmente no era humano, que no se lo podía matar después de todo. El rostro de Sebastian carecía de expresión, la hostilidad había desaparecido de él, y el oscuro fuego también se había marchado de sus ojos. Ya no se parecía a Valentine, en definitiva. Parecía… asustado.
Abrió la boca, como si tuviese intención de decirle algo a Jace, pero las rodillas se le doblaban ya. Se estrelló contra el suelo; la fuerza de la caída hizo que resbalara por la pendiente y cayera dentro del río. Acabó tumbado sobre la espalda, con sus ojos sin vida clavados en el cielo; el agua fluyó a su alrededor, arrastrando oscuros hilillos de sangre corriente abajo.
—¡Jace! —Era Isabelle, con el rostro ensangrentado, que luchaba por sentarse en el suelo—. ¡Jace!
Intentó volverse hacia ella, intentó decir algo, pero las palabras habían desaparecido. Resbaló hasta quedar de rodillas. Un gran peso le presionaba los hombros, y la tierra lo llamaba: abajo, abajo, abajo. Apenas era consciente de que Isabelle y Jane chillaban su nombre mientras la oscuridad lo engullía.
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Ciudad de Cristal ( III )
FanfictionTras el reciente descubrimiento de sus habilidades, Jane se mantiene a raya, intentando ocultarlo por el mayor tiempo posible. Intentando salvar a la madre de Clary, los chicos emprenden un viaje a la Ciudad de Cristal. Allí Simon ha sido encarcelad...
