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27 || La puerta de Brandeburgo

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Bajamos del auto y el frio aire de Bibury nos dio la bienvenida, subí la cremallera de mi chaqueta hasta topar con el final y tiré del gorro en mi cabeza para cubrir mis orejas antes que se congelaran, las puertas del internado estaban completamente abiertas, con mi padre en el medio recibiendo a los estudiantes y diciéndoles lo mucho que le alegraba verlos después de cinco semanas. Ander le extendió a mi hermana su equipaje, su rostro estaba iluminado por la emoción, nos sonrió a todos como despedida antes de darse la vuelta y caminar hacia Hall, saqué mis maletas con cuidado, evitando lo que me sucedió el año pasado, ya que una de ellas era un poco vieja y no me di cuenta del pequeño corte que se había hecho en la tela, termino por engancharse al maletero y cuando di un tirón termino de romperse haciendo que mi ropa volará por el lugar.

No tenia demasiados ánimos de nada gracias a que durante el vuelo tuve a un mocoso pateando mi asiento como si su vida dependiera de ello, lo peor fue que a sus padres no pareció importarles y soporté la ganas de ahorcarlo para no ser demandado por maltrato a menores.

Unos metros alado de la entrada un grupo de hombre con traje negro y lentes oscuros llamaron mi atención, hacían la forma de un medio circulo, desde mi lugar alcanzaba a distinguir la espalda del hombre que resguardaban, su pantalón era negro y elegante, un suéter blanco completaba el atuendo. Me tense en cuento vi su rostro detrás del cuerpo del hombre, su cabello castaño estaba suelto, usaba medias negras bajo la falda del mismo tono, la gabardina beige colgaba hasta sus rodillas dejando ver el chaleco de un verde claro con cuello redondo, su mirada estaba en el piso mientras su pie se movía nerviosamente, él tomo su barbilla para que lo mirara y fue entonces cuando sus ojos se desviaron y me encontró.

Camine hacia ellos con determinación, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo o que diría al llegar, pero no me gustaba la sensación que daba ver esa escena por más tiempo.

—Hola —saludé al guardia tratando de no verme demasiado entrometido—, soy amigo de Liv y me gustaría saludarla.

El hombre me examinó con la mirada, aunque en realidad no le vi los ojos, ya que nunca se quitó las gafas de sol, pero la podía saberlo porque es algo que se siente. Se dio la vuelta y avisó al hombre de suéter blanco sobre mi presencia, el guardia se giró hacía mí para hacerme una seña, me estaba invitando a entrar al medio circulo.

Deje las maletas donde me encontraba parado antes de adentrarme en la formación. El hombre al que antes solo podía verle la espalda ahora estaba de frente, Connor O'Brien me miraba a los ojos, el dueño del diario más importante del país —Imperio Ingles— me observaba como esperando algo.

—Me presento —extendí la mano—, soy Alek Harler.

—¿El becado? —le preguntó a su hija mientras estrechaba mi mano.

—Padre acaba de mencionarte que su nombre es Alek.

—Cierto.

Apreté los dientes con fuerza por un segundo, después respiré profundo, no era algo nuevo ese tipo de comentarios despectivos.

—No se preocupe, no ha dicho nada incorrecto, soy uno de los cinco becados en uno de los internados más prestigiosos del mundo, hijo del psicólogo escolar y ganador de un torneo internacional de nado, me identifico con todas.

Puse una sonrisa amable y angelical en mi rostro.

—Sí, mi hija me comentó algo de eso.

—¿Cómo les fue en Florencia? —habló la castaña rompiendo con la tensión del momento.

—¿Eres Italiano? —cuestionó su padre.

—Algo así —el hombre frunció el ceño, confundido—, digamos que tengo tres nacionalidades, mi madre y su familia son italianos, mi padre y su familia son americanos, nací en Estados Unidos y años más tarde nos mudamos a Florencia, hasta que mi padre consiguió trabajo en el internado y termine con una residencia de estudiante, por lo cual soy americano, italiano y británico.

Infiltrados Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora