Acelero los pasos al cruzar un callejón con mis lágrimas corriendo por mis mejillas. Mientras lo hago, los pasos detrás de mí también se aceleran, y eso me da la certeza de que no es paranoia.
Alguien me está siguiendo.
Suelto el aire cuando ante mis ojos se vislumbra un parque con muchas personas. Ahora puedo entender cómo se siente alguien en medio de un desierto cuando se topa con un oasis. Cruzo la calle sin mirar y un chofer me lanza una maldición, pero lo ignoro. Mi objetivo es llegar a ese lugar y gritar por ayuda con toda la fuerza que mis pulmones me permitan.
Mis pasos rápidos se convierten en trote y luego en una carrera que no parece tener fin. La casa está demasiado lejos, y mi única esperanza es ser auxiliada allí. Era la mejor en atletismo entre las chicas; aunque aquello no importaba mucho en Berlín, en este endemoniado país me había servido.
Odiaba a América, a mi padre por ser tan cobarde, a mi tío por traerme, pero, sobre todo, odiaba a Damián, mi primo, a quien, por alguna razón, asociaba con lo que estaba sucediendo.
—¡Ayuda! —grito fuerte con mi estúpido mal inglés y mi acento, que suele ser la burla de todos, pero nadie me tiende la mano.
Solo debes soportar hasta los 18, irás a la universidad y serás libre.
Aquel pensamiento me distrae, y lo siguiente que siento es un cuerpo cayendo sobre mí, tirando de mi mochila con fuerza. En otras circunstancias, le dejaría los estúpidos libros, pero en su interior está el único recuerdo que me permitieron traer de casa.
Enredo el morral en mis manos y enfrento a mi agresor con rabia. Lo escudriño con atención, dispuesta a grabarme su rostro hasta el final de mis días, si es posible. Mucho mayor que yo, con el cabello largo, oscuro y enmarañado, piel curtida, bastante sucio y ojos marrones lascivos. Pasa su lengua por la boca y se relame al tiempo que ordena:
—¡Suéltalo!
—Nein.
Niego sin darme cuenta de que lo hago en mi idioma. Me vale una mierda que mis rodillas estén raspadas; el hijo de puta es más fuerte y logra arrastrarme por varios metros.
—Suéltala, mocosa estúpida. ¿Te dejarás morir?
—¡Averigüémoslo! —respondo, apoyando mis talones en el asfalto y tirando con las dos manos.
—¡Oye, tú! ¿Qué mierda crees que haces?
El tono de voz del hombre me distrae lo suficiente para perder fuerza, y el asaltante golpea el costado derecho de mis costillas con una patada. Jadeo, soltando el morral, escuchando los pasos alejarse y otros seguirlos. Me instalo en posición fetal, intentando no llorar ni lamentarme por lo que ha sido mi vida.
La autocompasión solo te hace más miserable y perdedora, Evy. No eres nada de eso.
—¿Te encuentras bien? —pregunta una mujer, ayudándome a levantarme.
Asiento, incorporándome, y ella se queda viendo mi rostro por largos minutos. Tiene ojos almendrados, negros, el cabello recogido en un rígido moño a la altura del cuello y una sonrisa que contagia.
—Creo que sí —respondo, distraída.
Mi mente viaja a la época en que me dieron la peor de las noticias. Estudiaba en un internado en Berlín, obtenía las mejores notas, mis padres me amaban y mamá estaba esperando a su segundo hijo.
Flashback
Berlín, Alemania.
—¿Evy Klein? —La voz de la directora irrumpe el trazo de mi dibujo y me hace alzar el rostro.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
