—Lo siento —me excuso con Terry—. No debí ser tan duro.
Olvidé el lazo familiar cuando le dije aquello. Los Nielsen eran más que empleados para mí; los hice parte de mi familia. Sin embargo, el interés de Julia estaba causando en mí cierto rechazo.
Terry guarda silencio, apretando con fuerza las manos en el volante. Demasiado tarde entendí que era necesario poner límites. La pequeña Julia creció ante mis ojos sin darme cuenta. Seguí tratándola como siempre, ignorando que se estaba convirtiendo en mujer y podía confundirse.
Ya me había pasado, con mujeres y hombres; era el motivo de ser distante y odiar el coqueteo femenino. Una mujer no necesita más que ser ella misma para llamar mi interés. Me gusta el cortejo, ser yo quien tome la iniciativa. Todo lo contrario, me aleja, sin importar cuánto me guste.
Las personas están tan acostumbradas a tratos hostiles que cualquier comportamiento amable es visto como coqueteo. Lo normal es ser tosco; eso las mantiene al margen. Con Julia no podía; no dejaba de ser para mí la chiquilla de rostro inocente que vendía caramelos en los semáforos con su madre.
—Somos nosotros los que le debemos disculpas. Julia se ha convertido en un problema para usted —empieza—. No tiene que negarlo; sé que es así —sigue, al ver que niego—. Los acosos no distinguen sexo, señor.
Decir acoso era exagerar; hasta el momento, ella no ha llegado tan lejos. Me dolería que lo hiciera, pero eso implicaría que salieran de la mansión.
—No pensé que tomaría estos terrenos —confieso—. Al comienzo, pensé que eran celos por mis hijos...
Sonríe, viéndome un instante con las cejas alzadas. Devuelvo la sonrisa porque, en el fondo, sé a qué se debe. No es solo por mis hijos; es más por la presencia de Evy, la chica de cabellos de oro, como le dice de forma despectiva. La que acosa por toda la casa porque su comportamiento es sospechoso.
—No debió decir eso de Evy; carece de veracidad, y usted le ha dejado claro que no le gusta que la moleste o la trate mal.
—Evy no necesita mi ayuda, pero están mis hijos de por medio.
—No es necesario que se excuse; Margaret y yo se lo hemos advertido.
Aseguró que Evy estaba poniendo a los niños en su contra e inculcándoles rechazo por su color. No he visto ese tipo de escenas en ella; habla con Margaret, ríe con ella y se deja abrazar.
Margaret, por su parte, la estima y asegura que es una chica que no está acostumbrada a roces amistosos. Es una costumbre muy de ese país y no es de extrañar entre ellos. Sin embargo, al salir a otros lugares, pueden parecer duros y clasistas.
—Acusarla de inculcar racismo en ellos... —sonríe—. Son solo dos ángeles y tendrán sus motivos para querer más a Evy que a todos los demás.
—Sebastián y Susan no se dan con nadie desde pequeños. Es absurdo lo que sugiere —Terry no deja de sonreír—. Será difícil encontrar a alguien que les agrade de la manera en que lo hace Evy.
—Dudo que Julia logre quebrar la fortaleza de Evy. Tengo la sensación de estar frente a una máquina.
Sonrío, negando; hace unos minutos, no fue una máquina lo que vi. Sus pupilas estaban dilatadas; la reacción que tuvo ante mi amenaza causó en mi piel un escozor. Evy Becker escondía muchas emociones debajo de esa aura de frialdad.
—Espero que ahora sí decida ayudarme —afirmo, y regresa la vista a la vía—. Es lo mejor.
Mi temor es que el rechazo la haga dañar a mis hijos o hacerle algo a Evy. Los niños están adaptados a ella; desde el primer instante, lograron conectar. Estoy convencido de que, si sale de sus vidas, sufrirán.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
