Le doy un retoque en la nariz a mi creación y me alejo lo suficiente para encontrar errores. El rostro férreo del general Cass es perfecto para pincelar. Sus labios, apretados en una fina línea, se pierden en los rasgos de su cara. Ojos grandes, en una mezcla de azul y gris, cejas pobladas y cabello grisáceo. El padre de mi amiga, mentora y casi hermana debió ser muy atractivo de joven.
Susan me conseguía clientes que querían algún retrato, ya fuera de ellos, de sus hijos o de algún familiar. La gran mayoría pagaba un poco más del precio que pedía, por considerar que era muy barato.
—Creo que estás perfecto así —le digo a la pintura, sosteniendo el pincel en el aire y sonriendo—. Ahora iré con tu segunda hija, aunque no la aceptes.
La dejo justo al lado del retrato de Susan y miro ambos con nostalgia. Padre e hija están distanciados desde el día en que ella decidió confesarle su orientación sexual. Le dijo a su padre que le gustaban las mujeres, que estaba a punto de casarse con una y que incluso habían pensado en tener hijos.
Demasiadas confesiones para un hombre de carácter tan fuerte. Estoy segura de que la historia habría sido distinta si ella le hubiera dado tiempo para reflexionar. Entendía el punto de vista del general, aunque no lo compartía. También entendía a Susan; había estado mucho tiempo ocultando sus verdaderos sentimientos.
Dos meses después de irse a vivir juntas y empezar a planear la boda, Dayanne sufrió un accidente que la tiene en estado crítico y a Susan sin volver a sonreír. Duele ver a la mujer que siempre solía hacerlo ahora tan triste.
El tío Damián y yo no nos hablamos; dudo que algún día lo haga. Me niego a ceder a sus pretensiones, sobre todo ahora que Magda está tan feliz. La tía Silke está usando la persuasión para que me devuelva mis documentos. Mientras eso ocurre, yo ahorro con las pinturas y busco empleo.
Damián, el primo, llegó hace una semana; por fortuna, no lo he visto. La universidad, los pedidos y las visitas a la clínica ocupan casi todo mi tiempo. Por la tía Silke sé que ha cambiado mucho, que es más amoroso con ella.
Dudo que una persona cambie tanto, pero, si es así, me alegro mucho por ella. Alzo el siguiente lienzo a medio terminar cuando escucho unos toques en la puerta.
—Entra, tía —hablo sin mirar.
Suele ser la única persona que entra a mi habitación. Si no trae té, es leche o galletas recién horneadas. ¿La razón? No bajo a comer desde que el tío me mostró la lista de gastos; no lo hago. Entre menos aumente la deuda, mejor para mí.
—Mamá me dice que no comes en casa —una voz varonil me hace saltar, y, al no asociarla a nadie, doy media vuelta—. Pensé que nunca nos veríamos.
—Damián —murmuro, viéndolo fijamente.
Es como si el rostro de papá en mi camafeo hubiera cobrado vida. Me llevo la mano al cuello y aprieto la pieza dorada en mi puño sin dejar de mirarlo. Sonríe al ver mi rostro asustado, sostiene una bandeja que deja con lo que imagino es el almuerzo.
—Causé el mismo efecto en Berlín —lo escucho decir.
Sigo impresionada por la similitud entre él y papá. No debería sorprenderme; es su sobrino, y mi tío tiene casi los mismos rasgos. Se lleva una mano al bolsillo de su pantalón y permanece sin mover un músculo.
Cabello negro oscuro, bastante poblado, ojos color miel, nariz pequeña. Altura, porte, ese tono de piel que contrasta con su cabello, los vellos en su brazo negros y lisos. Me apoyo en la pared, todo lo lejos que puedo de él, ante el terror que me causa esa similitud.
ESTÁS LEYENDO
INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
