Jason
Mi vida, desde que soy mayor de edad, es la milicia. Jamás me había planteado un mundo lejos de ella. Estaba dispuesto a una vida con ella en el centro. Desde que me enlisté y confirmé que estaba en el sitio correcto, nunca me vi haciendo algo distinto.
Hasta ayer.
Recibí la orden de presentarme en D.C., y con ello llegaron las ganas de dejarlo todo. Leí el mensaje en mi correo con la imagen de mis hijos y Evy de fondo. Sin saberlo, el improvisado pícnic con ellos se convirtió en los últimos momentos que disfrutaría. Hasta Dios sabe cuándo.
Odio al hombre frente al espejo, sin barba y con corte perfecto. Detesto, por primera vez, al miserable que estoy observando en este instante. Suelo dejarme la barba y no cortarme el cabello desde que tengo a Sebastián y Susan; una forma de desligar al marino del padre de familia. Suspiro, recogiendo la boina, y me doy una última mirada.
—¿Problemas? —pregunta Terry al notar mi molestia.
—Antes de esto —señalo el uniforme, asqueado, lo que ocasiona una sonrisa en los labios de Terry—, había decidido invitar a Evy al aniversario de mis padres.
—Siempre habrá otros aniversarios, señor —habla en tono suave, y sigo viendo mi imagen despectivamente—. Puede que haya otros momentos importantes, y si no los hay... tiene el deber de crearlos.
Sí. Pero me había prometido que, antes de irme, mamá dejaría de tratarla como una empleada. Sin mencionar que no tuve tiempo de advertirle que sus actos lastiman a Evy. Ella cree que mi madre y mi familia no la quieren, razón por la cual alejan a los bebés de ella.
Terry sigue viendo mi comportamiento, sonríe negando antes de salir y murmura mientras lo hace, tan bajo que me es imposible escuchar lo que rezonga. Me calzo la boina frente al espejo, y una figura en traje rosa con dos colegas más grandes que ella entra en mi campo de visión.
—¡Susan! ¡Ven aquí! —escucho a Evy decir, y sus pasos por el pasillo aumentan.
El ruido del bastón irrumpe el silencio a esa hora por estos lados de la casa. Lleva una semana fuera del hospital; sus avances son significativos. Hay que aceptar que ella exagera algunas veces y fuerza su salud.
—Papi... —abre sus brazos hacia mí, sin dejar de sonreír.
Tararea un "pa pa" en su correría hacia mí; aquel gesto hace aún más difícil mi viaje. Adoro esa irrupción de ellos a cualquier hora; solo pensar que no la tendré...
¡Joder!
La tomo en brazos; sonriente, apoya su rostro en mi pecho. Una de sus manos acaricia mi rostro, y una vez que me ve, la sonrisa se esfuma. Sus ojos grises escudriñan mi cara, e imagino que está confundida por la escasez de cabello en su padre.
—Soy yo, cielo. ¡Tu padre! —la sonrisa regresa, y beso sus mejillas—. ¿Te escapaste de mamá?
Evy hace presencia segundos después, guiada por su bastón, con Sebastián siguiendo sus pasos. Agitada y con el rostro cubierto de sudor, apoya una mano en la entrada de la puerta y mira a su hija con rostro severo.
—Lo lamento... Ella te escuchó y...
—No pasa nada; es mejor si te sientas, estás al borde del desmayo —le calmo, acercándome a ella y ayudándola a sentarse en la cama—. Ella sabe que no puedo irme sin despedirme.
Mi voz sale amarga, viéndola a ella juguetear con mi boina y a su hermano acercarse a su madre. La opresión en mi pecho aumenta cuando Evy toma en brazos a nuestro hijo, y este decide abrazarme sin soltarse de su madre.
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INEFABLE
Roman d'amourLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
