Narrador
Terry se ha encerrado con ellas en la habitación que comparte con Margaret. En una mano tiene la llave de la habitación y en la otra, lo que será el destino de la familia. Su hija está sentada en la cama, con el rostro en alto y sin muestras de arrepentimiento.
Su esposo está en la ventana que da al jardín, de espaldas a ellas y con los hombros caídos. A Margaret le bastó verlo entrar para saber que algo sucedía, y la llegada repentina de su hija tenía mucho que ver.
—Él lo decía siempre: era mi novio y se casaría conmigo cuando tuviera la edad —solloza Julia.
—¡No digas estupideces! ¿Qué te hizo creer que así era?
Margaret observa a su esposo contener la respiración y apretar las manos. Todos, incluida su hija, eran conscientes de que quien lo decía era Julia. El joven inicialmente se alarmó y buscó ayuda en ella, viéndola preocupado. Les restó importancia a esos comentarios; su hija era demasiado pequeña para saber el significado de aquellas palabras. A ocurrencias infantiles le achacó todo.
Muy a su pesar, no era la primera vez que salía con algo así, ni que ella la excusara.
—No a mí, pero sé de alguien que sí le contó lo que sentía por mí —insiste Julia, llevando la paciencia de su padre a un nivel peligroso—. Desde que ella llegó, todo cambió.
—Jamás debieron quitarte ese uniforme. Era la mejor forma de recordarte quién eras en esta casa —ruge Terry, y a Margaret la atacan los recuerdos—. ¡Evy no tiene que ver en esta historia! ¡Eres tú la del problema!
En estos días, tras recordarlo, creció la culpa, un sentimiento que ahogaba a Margaret, impidiéndole estar en paz. Prosperó conforme su hija fue cada vez más descarada, y a Margaret se le hacía difícil controlarla.
Se acordó de detalles, pequeños instantes que creyó inocentes, pero que hoy sabía que eran el génesis de todo esto. Pocas personas pueden señalar un instante en su vida que les cambió todo. Margaret no es una de esas. Tiene claro cómo empezó Julia a creer que todo lo que le rodeaba era suyo o, por lo menos, cuándo lo expresó en voz alta.
Lo hizo delante de la persona menos tolerante: Margaret Frederick, una de las pocas hijas que le sobreviven a Epson, el fundador de todo. Tendría su hija, en aquel entonces, trece años y poco tiempo de vivir en la mansión.
Había llegado a la casa cuando su hijo le contó que había empleados nuevos. Tanto Margaret como su familia desconocían quién era la elegante anciana que cruzó las puertas de la mansión. Eso sí, les bastó ver la nostalgia en sus ojos al ver cada estatuilla, foto y decorado de la casa para imaginar que era importante.
"¿Ustedes son los Nielsen, imagino?", preguntó, con el mentón en alto y un aire de superioridad. Margaret recuerda cuánto se burló de ese gesto. Ella no necesitaba de ese comportamiento para decirles que era importante; bastaba verla caminar y sus ademanes para saberlo.
"Es nuestra casa; Jason me la regaló y se casará conmigo", dijo Julia.
Un comentario infantil (eso pensó su madre), pero una alarma en los ojos de la mujer mayor. Margaret intentó justificarla de muchas maneras; ninguna de ellas pareció agradar a la mujer, cuyo objetivo parecía hacerles sentir miserable. Sobre todo, a ella, por compartir su mismo nombre.
Instauró el uso obligatorio del uniforme después de ese suceso. La envió a la zona de servicio y ordenó quehaceres explícitos. Si Julia no estudiaba, tenía prohibido andar por la casa grande, a no ser que fuera para ayudar y con uniforme.
Se indignó con la anciana mujer por creer en las fantasías de una niña. Imagina que la distinguida dama vio el futuro; ella solo veía el presente. A su esposo le agradó la idea.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
