Evy
El enorme jardín está repleto de invitados; algunos los reconozco por la prensa, ya sea por escándalos, matrimonios o negocios. El común denominador en ellos es la riqueza y el alto estatus social que manejan.
Creo, sin temor a equivocarme, que la mitad de todo el capital de este país se encuentra ante mis ojos, disfrutando del champán en medio de los rosales de la mansión. Sonríen y brindan unos con otros. Papá solía decir que a estos eventos se asistía para hacer negocios. Si sabías manejar bien los hilos, eran buenos.
No he podido soltar el móvil de mis manos desde hace media hora. Sé que dije que no lo llevaría, pero luego pensé que me iba a aburrir y que quizás podría hablarle. Él podría desear hacer la diferencia y marcarme.
¿Por qué eres tan difícil, Klein? Salto al escuchar la voz detrás de mí y giro lentamente hacia ella.
—¿Te diviertes? —la abuela de mis hijos sonríe, con dos copas, una en cada mano, y extiende una en mi dirección—. No pareces; no te has acercado a nadie. No tiene licor —señala la copa en mis manos.
—La última vez que tomé licor, no me fue bien.
El agobio por no recordar nada sigue en mi cabeza. No logro conciliar el sueño; por más que pienso y pienso... nada.
—No pienses en ello, y te aseguro que las imágenes llegarán sin problemas —me sorprende ver que ella parece leer mi mente, y sonríe—. Tu rostro es un libro abierto, cariño. ¿No te sientes a gusto aquí?
—No conozco a nadie —comento, viendo a los presentes—. Desde aquí puedo ver a los niños, y tampoco estoy acostumbrada a estos eventos.
—Es notorio. No lo veas como malo —se apresura a decir cuando mis hombros caen—. Eres como una rosa roja en medio de muchas silvestres. Mi hijo se sentiría orgulloso de estar en tu compañía y no te soltaría.
Toma mi mano y señala una mesa cerca. No puedo evitar el acelere de mi corazón cuando dice aquello, y ella lo capta. Me hubiera gustado estar con él aquí; fue una verdadera sorpresa cuando recibí la invitación especial.
—Tuvo que viajar —me siento estúpida al decir algo que ella muy seguramente sabe, pero es tan educada que solo sonríe—. No lo esperaba; me aseguró que estaba planeado para dentro de dos meses.
—Sentémonos aquí —me pide—. ¿Dices que no estaba programado ese regreso?
—Fue lo que me dijo —el alivio porque ella no lo sepa es enorme, y me siento especial—. Aseguró que tenía planes.
La duda y la preocupación pasan por su rostro; busca a alguien entre los invitados. Aprovecho ese descuido para mirar atrás y veo a los niños jugar en una piscina de pelotas de colores. En las fiestas de adultos prohíben niños; que tengan juegos para ellos y los incluyan me parece un acto tierno.
—Los niños están muy bien cuidados y contentos —habla cuando me pilla viéndolos, preocupada—. Cuando se aburran, te buscarán ellos, o la niñera, temerosa por la capacidad de sus pulmones.
Es una mujer elegante, bastante hermosa. Sonríe, dejando la copa en la mesa; yo, por mi parte, jugueteo con la mía. Envía un mensaje a alguien, y no hay duda de que está preocupada.
—SÍ mi trabajo lo hace otra, ¿qué sentido tiene ser contratada? —mi comentario la hace soltar el móvil y verme.
La intensidad de sus ojos y el extraño parecido con los de su hijo me obligan a no verla directamente. Ni aun cuando escucho su risa fuerte, lo hago.
—Eres su madre... Eso no podrá reemplazarlo nadie —solo en ese instante la veo a los ojos. Ella me ha tratado de forma distinta, como una empleada, todo este tiempo—. ¡Por Dios! ¿Creíste...? —vuelve a reír y a negar—. Se supone que la lección era para el testarudo de mi hijo. Creo que lo subestimé.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
