Horas antes
Ambos nos sentamos en una banca, con un enorme cerezo dándonos sombra. El silencio que nos envuelve es bastante cómodo, pese al mal rato de hace unos minutos.
Está serio, contemplando la caseta de seguridad. Un par de hombres instalan ventanas con cristal blindado. No he preguntado por qué se refuerza tanto la seguridad de este lado de la casa, por considerar que no me concierne saberlo.
Jamás lo había visto tan enojado. La furia que reflejaban sus ojos era tanta que, por un instante, creí que la golpearía. Ella, por su parte, no parecía alterada y hasta lo retaba con la mirada.
Lo que, quizás, contribuyó a que su rabia aumentara.
—¿Era necesario todo esto? —suelta un suspiro, viendo el césped frente a nosotros.
Su vista de perfil me deleita; sus labios carnosos se han convertido en una línea fina, la mandíbula apretada y el rostro serio. El enojo parece haber vuelto a él, y lamento haber tocado el tema.
—No fui delicado —gira su rostro hacia mí antes de seguir—. Intenté hacer esto de muchas formas, de hacerle entrar en razón. Ninguna dio resultado —mira el reloj de pulsera antes de verme otra vez—. Viajó de Boston a Miami, no ha pasado por la universidad en veinte días. Encima de todo esto, y como si lo que nos ha pasado a ti y a mí en estos días no le fuera suficiente... hace doce horas, se las arregló para entrar a mi apartamento. Se anunció como Nielsen, y creí que era Terry, con quien viajé. Se metió a mi cama mientras estaba en la ducha. Desnuda.
Suelto un respingo, y él, una risa amarga cargada de vergüenza mientras me narra los pormenores de su incómodo encuentro. No tenía idea de que Terry viajó con él, y no sé si, de saberlo, hubiera cambiado las cosas.
Es posible que no.
—Es posible que te quiera en verdad —su cabeza gira hacia mí lentamente, y se queda en silencio por varios minutos—. Es bastante atractiva. ¿No te gusta ni un poco?
—¡No! —responde, seguro, apretando los labios, esforzándose por ocultar una sonrisa—. Ni un poco, la mitad, o solo la puntica.
Golpeo sus hombros al notar el doble sentido, y en respuesta, me abraza fuerte. Por varios minutos, intento librarme del calor que me produce su abrazo, pero acabo rindiéndome a esa maravillosa sensación.
—Jamás le di esperanzas; para mí, no era más que una amiga.
Su confesión, cerca de mi cuello, ocasiona una descarga extraña que recorre todo mi cuerpo. Alejo solo mi rostro, al no desear romper ese hechizo mágico. Sus ojos grises sonríen al verme, y se alza de hombros.
—No dejo de pensar que yo tengo que ver; ella puede desquitarse conmigo por esta humillación.
O, lo que es peor, con nuestros hijos, a quienes le he visto mirar con fastidio en varias oportunidades. Considero innecesario haber tenido que humillarla de aquella manera, cuando pudo esperar a estar solos para aclararlo.
—Te pregunté qué te dijo, y guardaste silencio —me recuerda—. Te vi renuente a hablar sobre ello...
—No tengo derecho a pedir explicaciones.
Mi enojo era conmigo misma, por creer que sí y por sentirme engañada cuando no me ha dado motivos. Creer en las palabras de su madre me hizo sentir especial, cuando quizás no era así.
—¿Por qué crees que no las mereces? —alzo mis hombros; es la mejor respuesta en ese momento, y le siento sonreír.
—No me has dado motivos para pensar lo contrario. Eres más cercano a Julia que a mí.
ESTÁS LEYENDO
INEFABLE
CintaLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
