Para Margaret Nielsen, que su hija conociera al entonces primer teniente Jason Frederick fue casi como si del cielo le cayera dinero. La cadena de eventos afortunados que siguieron a ese suceso le cambió la vida.
En aquel entonces, solían pasar el día con un café; el resto del dinero era para comprar los dulces del otro día, pagar el hostal y alimentar a su hija. No recuerda cómo llegaron a caer tan bajo; las malas inversiones los llevaron a ese punto.
El ahora teniente coronel (próximo a ser coronel) le dio un techo, empleo y estudios a su hija. Desde aquella época, trabajan cuidando y manteniendo una gigantesca casa que siempre estaba sola. El joven estaba la mayor parte del tiempo fuera y, al llegar, dormía en la casa de sus padres, una propiedad colindante con esta.
Margaret y su esposo estaban agradecidos por todo lo que había hecho por ellos. Ambos entendían que lo realizado fue parte de su carácter bondadoso y amable.
El conflicto lo tenía su hija, Julia. Ella creía algo distinto. Sus padres obtuvieron todo gracias a su encuentro con Jason. Lo vio en un semáforo, preguntó si estaba sola, y la pequeña lo señaló. En adelante, los tres se hicieron conocidos, y cierto día les dio un empleo.
En sus padres creció el agradecimiento por ese gesto, pero en el joven e inexperto corazón de Julia estaban creciendo ideas erróneas. Insistía en que entre ella y su jefe había surgido un sentimiento fuerte, basándose en el comportamiento del joven con ella y el cariño que le daba.
Solo en Julia, Margaret estaba convencida de que el joven la seguía viendo con los mismos ojos: una niña pequeña a quien quiso darle una mejor vida. Ni siquiera como amiga la veía; la diferencia de edad lo hacía imposible.
—Terry —llama a su esposo, quien da brillo al auto del señor en el jardín—. ¿Has visto a Julia? —pregunta una vez que él alza el rostro.
—Hace unos minutos, subió a ver a los niños —señala la parte alta y la ve, preocupado—. ¿Todo bien?
—Espero que sí —susurra, dando media vuelta e ingresando a la casa.
Los gemelos trajeron alegría a la casa. La novedad de tenerla llena y, al fin, un trabajo real era agradable. La alegría de tener a los bebés se disipó con la permanencia del joven en casa.
Había pedido vacaciones por cuatro meses, de los que llevaba dos. El enamoramiento de su hija estaba subiendo, y Margaret ya no sabía qué hacer para que su esposo no se diera cuenta de las andanzas de Julia.
Espiaba al señor cuando hacía ejercicios en el jardín, cuando estaba en aquellos diálogos divertidos con sus hijos o simplemente creaba encuentros sorpresivos. La educación recibida por parte del joven le impedía hacer un desaire, pero era cuestión de tiempo.
Las quejas llegarían, y ella temía que de la peor forma.
Hasta el día de hoy, ha callado porque Julia es quien cuida a los niños. Aunque los pequeños no parecen compaginar con nadie que no sea su padre, a todos los demás los toleran. Se rehúsan al biberón, y han perdido la cuenta de cuántas marcas de leche para recién nacidos han pasado por la casa. Por fortuna, la esposa de Matthew también está lactando, pero a la pobre se le dificulta.
Los mellizos no han sonreído desde que llegaron y siempre están mirando a todos lados, sin prestar atención a nada. El único sentimiento que muestran es el llanto. Su tío Matthew ha pedido exámenes de todo tipo ante ese comportamiento. Se ha llegado a pensar que tienen problemas de audición o alguna condición que les impide esos gestos.
Sube las escaleras con sigilo, consciente de dónde la va a encontrar. Inspira fuerte cuando descubre que sus sospechas eran ciertas. Julia está apoyada en la puerta de la habitación del joven, que está semiabierta.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
