Capítulo 13

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—Nunca me habían recibido con tanto cariño y tan distinguida vista.

La señora Margaret preparó varios canapés, té y diversos bocadillos para recibirlo. No me creyó cuando dije que era un amigo; nadie lo hizo. Todos estaban convencidos de que Damián y yo éramos... algo.

—No me creyeron cuando dije que eras un amigo —me mira un instante y aprieta los labios antes de responder.

—SÍ fueras más Klein que Becker, tendrías que dar más explicaciones —comenta, serio, al escucharme decir lo que piensan mis compañeros.

—Me gusta ser más Becker, pero lamento no parecerme a papá —confieso.

Guarda silencio, mirando la mesa adornada con varios bocadillos. Se supone que debo entregarle la muestra de los niños, pero no me ha sido posible hacerlo. Julia está siempre siguiendo mis pasos y pendiente de los niños.

—Heredaste lo mejor que se puede pedir.

Era difícil, si no imposible, que la relación con Damián fuera amistosa. Ha estado pendiente de mí, me ha ayudado más de lo que llegué a imaginar. Pero sigo sintiendo hacia él cierto desprecio por lo que hizo a Magda.

—¿Por qué? —me animo a decir.

Una pregunta con falta de contenido que él puede interpretar de diversas maneras. Y, al encontrar nuestras miradas, algo me dice que la ha entendido a la perfección.

—Envidia, odio, resentimiento y no entender por qué el trato distinto —empieza a decir—. Ignorancia, en cierta medida, inmadurez —se encoge de hombros y suspira.

Corto un trozo de tarta y lo dejo en el plato junto a él. Sirvo un té, deseando que hubiera algo más fuerte; él parecía necesitarlo. Lo que está por decirme, lo llevé años preguntándome en la cabeza.

—Magda no era la única... digamos, ¿especial? —pregunta, tomando la taza que se lleva a los labios—. Cuando ella llegó a nuestras vidas, los Klein ya sabían cómo tratarla. Yo fui su ensayo y error. Damián había dejado secuelas en mí, difíciles de borrar.

—¿Qué intentas decirme? —pregunto, con la piel crispada.

Hay algo en su sonrisa que causa escalofríos, pero también ganas de abrazarlo. Estoy frente al chico y no al adulto; lo descubro al ver sus ojos nublarse, mirando al frente sin pestañear.

En los primeros años, fue visto como un niño hiperactivo, con problemas de conducta y una gran capacidad de absorción de ideas. Ninguno de sus padres le prestaba mayor atención, siempre rodeado de niñeras.

—No podían controlarme, y acababan por renunciar. Ellos estaban en la clínica todo el tiempo, así que estuve solo los primeros años.

—Estuve en el internado; no es lo mismo, pero sé lo que se siente —asiente, sin verme.

—Entonces debiste creer que no te querían o que había algo mal en ti para que no quisieran estar a tu lado.

Le gustaba hablar con mayores; solía aburrirle las pláticas con los de su edad. Entre adultos se sentía pleno; hoy entiende que era la absorción de información lo que le gustaba.

—Seguía sin saber qué había de raro en mí —toca su cabeza, y su cabello oscuro se mueve con ese gesto—. Mi cerebro iba en jet, y el mundo que me rodeaba, a pie.

La dificultad más grande fue cuando en la escuela empezaron las quejas por su falta de empatía, su comportamiento solitario y negarse a socializar con los chicos.

—Nadie se dio cuenta de que eras diferente —niega, serio, cruzándose de brazos.

Me imagino a un pequeño de cinco años intentando entender lo que le sucedía, buscando un lugar donde encajar, sintiéndose solo y deprimido.

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