Jason
Un día como hoy, hace tres años, Susan había sido asesinada. Los culpables, o parte de ellos, seguían libres. Su aniversario de muerte me recuerda no solo nuestra amistad, sino también que no he podido cumplir la última voluntad de su padre y no se ha hecho justicia. Me cuesta comprender cómo Eliú ha podido vivir todo este tiempo sin que le afecte. Yo no puedo verme en el espejo sin sentirme fracasado. La felicidad que me rodea se opaca de forma constante por esto.
Decidido a alejar aquellas malas energías, bajo al jardín a realizar mi rutina. Al llegar, descubro que el jardín no es suficiente para hacerla y requiero de algo más fuerte. Salir a la calle me vendría bien, y hacia allá me dirijo.
La casa dormía cuando crucé las rejas; el grupo de relevo estaba apenas ingresando, y el saliente disfrutaba de un café. Era el inicio de un día común a esa hora; un par de ellos se detiene al verme pasar, y otros continúan con su labor.
—Buenos días, ¿necesita un servicio? —niego al joven que se ofrece a acompañarme y alza la taza—. ¿Duda que le siga el ritmo?
—No tengo uno definido —confieso, estirando mi cuerpo en dirección a la casa, contemplando la ventana de la habitación de mis hijos—. Hasta que el cerebro se agote —finalizo.
—Suena doloroso —suspiro fuerte y afirmo.
Lo será si lo logro, pero es lo que busco.
—Si llego a conectar dos ideas, no será en vano.
Alzo mis brazos a la altura de mi cabeza y capto movimiento en la ventana. Saludo a Evy, que se asoma y mueve sus manos, despidiéndose a la distancia.
—No estoy esperando a nadie —les digo a ambos grupos, y asienten en silencio.
La muerte de Susan y todas las pistas que he recogido a lo largo de estos años revolotean en mi mente. El viejo Damián fue el cerebro detrás de su muerte; a eso había llegado la investigación. Lo que hasta el momento es un misterio es quién hizo la llamada y planeó todo.
Me despido, dando los primeros pasos por el sendero de salida a la mansión. Ingresar a ella requería pasar por un largo camino con bosque a lado y lado. Todos hablaban de que el creador de la multinacional era desconfiado. Cualquiera lo sería si su forma de obtener fortuna era quitándole a los más desafortunados.
El viejo tenía cola de paja; no eran enemigos imaginarios.
Enciendo el iPad y ajusto los audífonos, con los primeros acordes de la canción Believer inundando mis oídos. Que sea la banda Imagine Dragons, el grupo preferido de Susan, no contribuye a mi ánimo. Retiro los auriculares, molesto, y un golpe en mis hombros me hace girar.
—¿Qué haces despierto? —le reclamo al ver a papá y miro a su alrededor—. ¿Y sin mamá?
—Tu madre salió hace unos minutos con Ivanna —se queja—. El compromiso de Christine y tu cuñado —me recuerda, y mi mente se aclara—. Quedé solo y estaré peor en unas horas. Gregory y Matthew han organizado un viaje juntos con sus familias —protesta, enfadado, y me mofo por esto.
Supongo que no era la idea de vejez que quería.
—Te recuerdo que Emma y yo también somos tus hijos. Si eso no te es suficiente, tienes la mansión para ustedes solos —alzo una ceja, y sonríe al entender—. Espero que aún te funcione.
—Soy un hombre sano...
—Estás viejo...
—Sigo siendo sano.
—Ello no te quita los años —finalizo.
No se enoja, y eso me recuerda que no he podido encontrar un límite de enojo en mi padre. Se autodefine como el creador de las bromas, y nada suele enojarlo cuando se trata de ellas.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
