Un par de días después
Jason sigue disgustado, y la vergüenza inicial dio paso al pánico. ¿En realidad había hecho algo tan malo? Él es temperamental. Se encierra en el estudio por horas y solo sale para almorzar; algunas veces, ni siquiera lo hace. Cruza conmigo un par de palabras, la gran mayoría referentes a nuestros hijos.
¿Lo peor? No ha vuelto a tocar el tema de irme con él.
En este momento, está con los niños en el estudio. Entró a la habitación, los vio despiertos y se los llevó, dejándome a mí fuera de esa operación matemática. Sonrío ante ese pensamiento y corto un trozo de pastel, llevándomelo a la boca.
Julia se fue el mismo día y no hizo comentarios sobre vivir o no con sus padres. Los Nielsen habían aceptado irse el mismo día que nosotros lo hiciéramos. El cumpleaños de los niños es mañana, y se acordó que ese mismo día fueran bautizados.
Su madrina será la señora Emma, y el padrino, Eliú. Los preparativos corren a manos de la madrina. Hay que agradecer sus llamadas de vez en cuando para preguntar por algún detalle.
—¿Has intentado hablarle? —alejo la mirada de la puerta del estudio y miro a Terry—. Esa puerta no vendrá a ti.
—¿Hice algo tan malo para que esté tan enojado? —pregunto desde el fondo de mi corazón.
Sentada en el comedor de los empleados, de frente al de los dueños (sigo sintiéndome una empleada), tengo justo enfrente la puerta del estudio. Terry toma la taza, levantándose de su acostumbrado puesto hasta quedar a mi lado.
—¿Quieres mi opinión o un consejo?
¿Debo escoger? Parece decirle mi rostro confuso, y sonríe, tomando mis manos para luego llevárselas a su pecho. Quiero que deje de estar enojado, que la opresión en mi pecho ceda o entender. Sobre todo, deseo tener el valor para decirle lo que siento y vencer la barrera del miedo.
—No fue tan grave —alejo la vista de la puerta y lo encuentro sonriente—. Su comportamiento está ligado al tuyo en gran medida.
—¿En qué?
—Es nuevo para ti, pero también para él. No está acostumbrado a sentirse inseguro —suspira—. Sé que Margaret te aseguró que es bueno hacerle sentir así —guarda silencio, dando un sorbo a su té antes de seguir—. Como hombre, puedo asegurarte que es mala idea, sobre todo porque no sabe si lo que siente es recíproco.
—Entonces, ¿crees que debo pedir disculpas?
Niega, empezando a reír sin control. Insiste en que no hice algo malo; mirar a otra persona del sexo opuesto es natural y hasta normal. Yo también podría pillar algún día a él haciendo lo mismo. El calor que sigue a ese comentario llega hasta mis mejillas, y Terry sonríe aún más.
—Que ames a alguien no te produce ceguera, aunque muchos lo crean —sigue—. Te pueden resultar atractivas otras personas; sin dudas, hay alguien mejor que él, sea en atractivo, temperamento o algo en concreto que llame tu atención —calla y mira por encima de mí—. Eso no quiere decir que te ame menos, o tú, viceversa. Es importante que hablen sobre esto.
—Hablarlo con él —repito, mirando la puerta cerrada—. ¿No se enojará?
—No, si sabes hacerlo, cariño —busco a la dueña de esa voz, y me hace un guiño—. Pon en funcionamiento ese rostro hermoso que lo tiene tan idiota y haciendo escenas de celos. Ver a otros hombres no es malo, Terry —reprende a su esposo.
—No he dicho lo contrario, mujer —se excusa, y Margaret niega.
Miro la puerta y luego a la pareja; ambos asienten, proporcionándome valor, y me incorporo. Camino a pasos decididos hacia la puerta, pero me detengo al llegar a ella. Empuño las manos para tocar y vuelvo a dudar a centímetros de la pieza de madera.
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INEFABLE
RomanceLibro IV Saga Frederick Jasón Frederick Jr. solo quería cumplir la última voluntad de Susan, su mejor amiga: tener un hijo y enseñarle que pudo contar con la mejor de las madres, pero que la ignorancia se lo impidió. Una vez que lo logra, contrata...
