Capítulo 34

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Evy

Desconozco de qué trató la reunión; lo único que sé es que el Jason que entró no fue el que salió. Se notaba agobiado y su rostro reflejaba tormento; él parecía huir de lo que sea que le dijeron. No podía permitir que saliera en esas condiciones e intenté detenerlo.

Lo único que pude sacarle fue la promesa de no demorar. Lo esperamos en aquella banca los tres. Los mellizos permanecieron en silencio y vigilando las rejas del lugar. Lo hacían con tanto esmero que creí en algún momento que ellos habían notado lo mismo que yo. Llamamos la atención de los presentes, que contemplaban la escena; sorprendidos algunos, preocupados otros.

Regresó un par de horas después, con una sonrisa en los labios y actitud festiva. Me tomó en brazos, luego a los niños y, en resumen, se veía feliz. Sin embargo, de vez en cuando se quedaba en silencio y se retraía.

"La sonrisa del payaso"

Así llamaba mi padre a mi sonrisa el día antes de regresar al internado. Ese día solía reír mucho y gastar bromas, una manera de alejar el tormento que significaba tener que alejarme de ellos.

¿Por qué sonrisa de un payaso? Porque era dibujada, ficticia y, debajo, cubría miles de tormentos. Papá aseguraba que las personas que dedicaban su vida a hacer reír a otros eran las más infelices. Según su teoría, al saber lo que significaba vivir el dolor, dedican su vida a hacer reír a otros.

Llegué a la conclusión de que era por mí; no contaba con pruebas, pero en mi corazón no existían dudas. Mi presencia en la vida de mis hijos y de Jason lo estaba agobiando.

Asistimos a la iglesia, hablamos con el sacerdote que iba a bautizar a los niños. Nos dio una charla a los padres y los padrinos, aunque Eliú no había asistido y a nadie parecía importarle su ausencia.

En las siguientes horas, hicimos lo que correspondía según la hora. Le dimos de comer a los niños, yo hice su cama mientras Jason les contaba una historia bastante chistosa de su juventud. Ellos no le entendían, pero igual reían ante los gestos burlescos de su padre.

Luego de tener éxito y cuando ambos dormían como ángeles, cada uno se fue a su habitación. Allí empezó mi verdadero tormento. El insomnio se apoderó de mí y no hubo manera de conciliar el sueño.

Con la certeza de que no tendría éxito, decidí bajar al primer piso. En mi exploración silenciosa y con la única compañía de los cachorros de Dante, acabé en el estudio de la casa. Me senté en el escritorio y cerré los ojos en espera de que el silencio de la noche trajera respuestas.

Me centré en una fotografía familiar, de quienes imagino eran los antiguos dueños de la casa. La miré por largo tiempo hasta que las imágenes empezaron a distorsionarse. La pintura parecía tener un carácter hipnótico, porque lo siguiente fue quedarme en blanco.

De repente y sin entenderlo, imágenes y diálogos empezaron a llenar mi cerebro, a cobrar sentido. Me levanté por la sorpresa de lo que empezaba a recordar. La conversación en ese auto, el pánico por saber la verdad y el motivo que me llevó a lanzarme.

Tambaleante, intenté llegar a la puerta, pero tropecé con algo que impactó en el suelo e hizo un ruido sordo, rompiendo el silencio de la noche. Las luces se encienden; cuando estoy llegando a la puerta, me encuentro con Terry. Pregunta algo que no logro escuchar y, aún si lo hubiera hecho, dudo que pudiera responder.

—¿Cariño? —insiste.

Papá lo contrató como investigador privado; lo hizo luego de ver al hijo de su hermano. El tío Damián se enteró y él le prometió mucho más por el cambio de planes. Eliú Cass asesinó a mis padres, ayudado por Damián. Era responsable de la muerte de Susan, luego de enterarse de que estaba investigando la muerte de papá.

INEFABLEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora