Capítulo 8

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Encontrar al culpable de su muerte, encarcelarlo y cumplir con su último deseo: tener a nuestros hijos. Aquel que hicieron cenizas cuando la asesinaron.

La pérdida de Susan llenó mi alma de odio y frustración. Admito que hice acusaciones sin sentido, señalamientos injustos. El general tenía muchos defectos, pero amaba a su hija, a pesar de ellos.

El rechazo a su orientación no tuvo que ver con su asesinato, y su padre estaba limpio. Mucho antes de que las investigaciones lo dijeran, llegué a esa conclusión cuando nos topábamos en el cementerio cada domingo.

En menos de un año, había adelgazado y envejecido. Su rostro era el reflejo del dolor; ya no me miraba con odio y solo bajaba la vista cuando coincidíamos.

También la extraño, mucho más que el primer día; sin embargo, conservo el alivio de haberle demostrado cuánto la amaba. Algo que su padre no puede decir. La última vez que la vio fue para insultarla y desearle la muerte.

Tendrá que vivir con eso.

Susan marcó mi vida para siempre, y ese legado quedaría perpetuado con nuestros hijos. Era a través de ellos que quise celebrar todo lo que fue nuestra amistad y su vida.

La mejor manera de pasar el duelo fue refugiarme en el trabajo y en la casa. Ambos me dieron entretenimiento suficiente para superarlo poco a poco.

Los conflictos recientes proporcionaron distracción.

Las demandas contra el hospital, la acusación contra Matthew, el riesgo que corría su prometida y el posible juicio contra él y papá por ayudar al exsuegro de Matt por unas fotos me hicieron regresar a casa.

Los eventos que siguieron pusieron mis planes en pausa, pero, una vez resueltos, retomé los míos. Lo hice días después de la boda de mi hermano y el bautizo de sus hijos; hicieron ambas cosas en una ceremonia privada.

Me bastó ver nacer a Jadeen y Joshua para sentirme preparado para tener los míos. Solo una de las tres mujeres logró gestar a mi hijo, y me habría gustado conocerla para agradecerle por ese logro. Sin embargo, proteger su identidad y garantizar su comodidad estaba en un lugar tranquilo, con el personal de servicio suficiente para que no moviera un dedo y solo cuidara a mis hijos.

Leo de nuevo el mensaje de la ginecóloga y sonrío al bajarme en el cementerio. Desde el primer trimestre sabía que eran dos bebés, pero hoy me dieron la noticia de que eran un niño y una niña.

Anexaban los videos y una nota diciendo que la gestante había disminuido de peso. Se quejaba de la dieta estricta a la que la tenían sometida la chef y la nutricionista, a quienes consideraba exageradas. Finalizaba exigiendo que le solucionaran el problema.

El último mensaje era un número para contactar a la persona a cargo de su alimentación. Reenvío el mensaje del sexo de mis bebés a mi hermano, le doy las gracias y guardo el móvil en mi saco. Escogí este viernes para venir al cementerio por varias razones: una, recibir la noticia del sexo en su tumba; la otra, evitar a su padre.

Al parecer, él tuvo la misma idea.

—¿Tampoco querías verme el domingo? —pregunto cuando lo veo girar solo el rostro hacia mí y, sin decir nada, regresar la vista a la tumba.

—Me gustaría acampar aquí eternamente; lo único que me detiene es no hallar al culpable —habla al fin.

—Sé qué crees que la investigación que hacían era mía, pero no es así —me animo a defenderme, porque las últimas veces que discutimos me lo ha insinuado.

—Nunca hubo tal investigación...

—Si no quieres darme esos documentos, no lo hagas —lo interrumpo, alterado por su testarudez—. Vi esos documentos... —guardo silencio un instante— el día que... Llevaba una semana lejos de todos; sus compañeros aseguraron que estaba trabajando, y les era difícil darme su ubicación.

INEFABLEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora