Día 5: Masquarade Aquel encuentro

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Si era sincero, Alastor no sabía porque había decidido venir a esa fiesta.

Se trataba de una gala organizada por la familia real del infierno, donde se preparaba la antesala del exterminio anual, en la cual, los demonios de alto rango, los señores supremos y la familia real amenizaban antes de la masacre que ocurría cada final de año. Sin embargo, amenizar era una palabrería vacía donde los señores supremos venían a lamerle las botas al rey de la luz con la esperanza de ser ascendidos a demonios originales en lugar de simples pecadores.

Si necesitaban del apoyo de alguien más para alcanzar poder, entonces su patética existencia solo se reducía a ser la sombra de aquellos quienes verdaderamente nacieron con ello. Pero, aun así, sin importar la fuerza que pudieran haber alcanzado de nacimiento, existían otros seres que solo provocaban risa entre sus propios círculos sociales. Alastor no tenía que participar en las reuniones o conversaciones para saberlo, esa gala en particular estaba revestida con una burla escondida hacia la hija del señor de luz debido a su usufructo compromiso con la casta Von Eldrich, cuyo hijo mayor rompió relaciones con la princesa gracias a la estupidez de sus hijas y lo inconcebibles de sus sueños, volviéndola en el proceso el hazmerreír de la nobleza infernal. Si era sincero, le parecía muy sagaz del señor del infierno mostrar su cara tras dichos hechos, quizás su decepción no superaba su orgullo y por ello, estaba allí con sus seguidores, imperturbable, abandonando a la buena de dios a su primogénita.

Bueno, como bien se podría decir, eso no era su problema, pensó encogiéndose de hombros mientras disimuladamente salía del salón de baile para escaparse a los jardines. Estaba cansado de escuchar la palabrería vacía de Vox y ni hablar de las apreciaciones grotescas de Valentino, de modo que salió para distraerse un poco.

No obstante, a escasos metros del laberinto de rosas, arrodillada frente a la fuente de azufre una delicada figura femenina sollozaba. No había nadie más a su alrededor, el jardín había estado alejado de las miradas curiosas así que cualquier alma descarriada que quisiese apartarse del bullicio de la muchedumbre podía hacerlo en ese lugar, y con verla, Alastor considero que no fue el único con aquella idea. Salvo que él no era tan patético como para ahogar sus lágrimas en un lugar de ese tipo.

—¿Quién anda ahí?

Eso sí lo tomo de sorpresa, no era común que el demonio escarlata fuera descubierto de ese modo, pero aquel ser desconocido y lloroso no tardo nada en percatarse de su presencia, increpándolo y exigiéndole salir de su escondite.

Por primera vez, algo en el pecho de Alastor pareció removerse dolorosamente, deslumbrado por la belleza de un ser encantador y hermosos, vistiendo un delicado vestido blanco con negro, con largos cabellos rubios y una piel de porcelana. De no ser por sus prominentes cuernos, hubiera creído que se trataba de un ángel. Su rostro, como todos los demás en aquel lugar, estaba cubierto por una máscara de color dorado.

—Oh, no era mi intención incomodarla, solo pasaba a tomar algo de aire —habló, buscando dar una excusa vacía a su intromisión, sin importar si la estuviera interrumpiendo.

La joven se levantó, limpiando sus lágrimas y cubriendo su rostro con su máscara antes de ir en su búsqueda, aunque fácilmente pudo haber desaparecido con su sombra, Alastor no era un hombre que huía de las circunstancias, mucho menos de una patética criatura que lloraba a escondidas.

—Este es un jardín privado, no puede pasar a este lugar y debe retirarse—aclaro, su voz mordaz no pareció retroceder. Eso le pareció sinceramente divertido, desde que se volvió un señor supremo, no muchas personas tenían la valentía de desafiarlo o darle ordenes, más esa delicada criatura estaba a escasos metros de él, exigiéndole salir de ese lugar.

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