Serie: Una noche
Libro #1
Aarón estaba perdido; tenía que elegir: decepcionar a su padre o decepcionarse a sí mismo.
Rose nunca pensó encontrarse en esa situación, quizás en unos diez años, pero no a esa edad y no con él estupido capitán del equi...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Capítulo 1
Siempre creí que era valiente.
Pero cuando te pones en situaciones que te llevan al límite, te das cuenta que esa valentía que alguna vez tuviste era solo una fachada.
Mis manos temblaban y el miedo era abrumador en mi pecho. Estaba metida en un gran problema o por lo menos en ese momento lo veía así. Lo desconocido siempre me llegaba a aterrar y más si venía con una responsabilidad tan grande.
No era tonta, sabía cómo había pasado; por Dios que lo sabía, pero no podía creer que justo eso me estaba pasando a mí.
Cuando el ser humano se arriesga siempre cree que tendrá la mejor suerte, que nada malo le puede pasar y eso que me estaba sucediendo. No era algo realmente malo, solo que no era el momento.
Tenía veintiún años, estaba en el tercer año de carrera y, siendo sincera, aunque siempre fui medio nerd para los estudios, solía salir a divertirme y desestresarme.
El mes anterior a los hechos, fueron los exámenes finales por ende estuve más que estresada, así que Hannah, -mi mejor amiga-, había aparecido en mi habitación a eso de las diez de la noche de un sábado y yo aún estaba estudiando para el examen del lunes, pero ella me hizo vestir, salir de mi madriguera y acompañarla a una discoteca que estaba a las afueras del campus.
Aunque en ese momento estaba odiando a Hannah por haberme convencido, la verdad no fue mala idea, me había desestresado lo suficiente como para permitirme achisparme con el licor y terminar bailando en la mitad de la pista con un maldito jugador de ¿hockey? ¿Fútbol? La verdad no sabía, ni pregunté. Lo único que tenía claro era que tenía que practicar algún deporte ya que parecía un edificio de lo alto y musculoso que era.
La verdad no sé cómo, pero las cosas se fueron colocando calientes y terminé haciéndolo con el tipo en los baños del lugar, -súper higiénico de mi parte-, recuerdo muy claramente que el grandulón usó condón, joder hasta le ayude a colocarlo, pero al parecer los dos somos muy malos colocando uno, o los condones estaban dañados, porque la maldita prueba casera que tenía en mis manos tenía dos rayitas.
Las manos me temblaban y la valentía que solía presumir se había ido hacía mucho, porque las lágrimas estaban cayendo por mis mejillas.
«Mierda, mierda, jodida mierda», mi mente canturreaba una y otra vez lo mismo; esa jodida prueba debía estar dañada.
Yo no podía ser madre. Tenía sólo veintiún años, ni yo misma me sabía cuidar, ¿cómo podría cuidar a alguien más?, ser madre era un trabajo para toda la vida.