Se escuchaban voces de todas partes, algunas alegres, otras tristes y muchas más llegando al llanto que rompería el corazón de cualquiera; eso era lo que siempre se escuchaba en aquellos lugares, pues es dónde se da o se puede ir la vida y que a muchas personas odian pasar tiempo ahí, por más grave que sea la situación: los hospitales.
Ya había llegado el tiempo en el que los estudiantes apenas tenían tiempo de comer, porque de dormir solo en su imaginación: El servicio social y prácticas profesionales. Doble d, se encontraba en su servicio social, en el hospital cerca a su vecindario de infancia, ya que un profesor, con quien llevaba una muy buena relación, le ayudó tener una estancia ahí, y no dudaba poder hacer sus prácticas nuevamente ahí, puesto a que tenía muy buena relación con el personal.
Caminando de un lado a otro, atendiendo pacientes tras pacientes, junto a la doctora encargada, viendo miles y diferentes diagnósticos e historias de lo ocurrido, algunas pareciendo escritas o de un programa de comedia.
-Bien, ¿Quién me puede decir qué es lo que tiene la paciente?- Señalaba a una chica de 27 años, que había llegado al hospital por un aparente dolor de panza. -Tú, el chico de gorra-.
-A juzgar por los síntomas mencionados, podría ser...-
-¿podría?-
-Perdón- se disculpó al instante- Es decir, es apendicitis- estaba algo avergonzado por el podría, ya le habían mencionado que si iba a decir algo, debía decirlo con seguridad y no preguntando.
-Muy bien, pero a la próxima no pregunte, si va a preguntar algo es para hacer los exámenes pertinentes- y con eso, se fue con la siguiente paciente, seguido de sus alumnos de los que estaba a cargo, dejando a la paciente sintiendo pena por el pobre estudiante.
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-Que día- se sentó en una silla, no era la más cómoda pero para alguien que estuvo parado toda la mañana y de un lado a otro toda la tarde, le sabía a gloria sus cinco minutos de descanso. Volteó a ver a las enfermeras, quienes ordenaban las citas que tenían los doctores en su agenda.
-Pero debes acostumbrarte chico- le dijo una de ellas, era una señora de 50 años, con canas sujetas en un chongo, un labial rosa, sombras azul claro y sin joyas más que su anillo de bodas. -Hay que acostumbrarse al ritmo del hospital, o el hospital te comerá vivo- seguía apuntando las cosas en la agenda, aunque lo dejó de lado mirandolo con amabilidad, era una de las pocas jefas de enfermería tan amable y con una calidad que recuerda a una madre- Deberías comer algo, seguro que no haz comido en todo el día ¿verdad?- con pena asintió doble d.
-Mira, toma, no quiero inyectarle suero a más estudiantes- dijo la otra enfermera, que aunque pareciera grosera, era un amor de persona. Agarró una torta de su bolsa que tenía al lado y la partió a la mitad, dándosela a doble d, quien la recibió con una gran sonrisa- No es mucho, pero si quieres algo de beber, tengo un jugo extra- decía mientras vio como el de gorra devoraba aquella torta de huevo.
-No le preguntes, solo dáselo- agarró el envase de cartón y se lo extendió.
Mientras comía, ambas enfermeras se vieron sonriendo y asintiendo, se entendían sin palabras, ya que si alguien lo encontraba sentado descansando, sobre todo la doctora, se iba a ir regañado, por lo que hicieron un pacto de silencio, ellas escondían a los estudiambres un rato, como unos cinco minutos para que pudieran descansar y comer algo. A lo largo de sus carreras habían presenciado como muchos llegaban a desmayarse del hambre o cansancio del hospital, así que optaron por ser algo así como Robin Hood, pero en vez de dinero con comida, ofreciendo un lugar de descanso, de poco tiempo sin embargo a los estudiantes les sabían maravillosos esos minutos.
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Mi querido Doble tonto
FanfictionCada día te llevo una flor de orquidea y de ortencia. Me recuerdan mucho a ti mi querido Doble tonto
