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Las cicatrices en mis piernas eran pequeñas, concisas y rectas. Con el paso de los años se habían unido algunas ocasionalmente. En momentos en los que no estabas, o que creía que todo había acabado, o que necesitaba saber que seguía viva. Pero nunca volví a hacerlo en gran medida como ese día en que te las enseñe. Mi abuelo fue el único de mi familia en enterarse. Pero ese día, el día del baile, las mostré voluntariamente a todos nuestros compañeros. Quería mostrarles a mis amigas quien era de verdad yo. Quería mostrarles que era más que la chica que estaba <<muy buena>>. Quería mostrarles lo débil que podía ser al menos una vez.

Y lo hice. Tu padre lloró cuando las vio, beso mi frente y me aferró a él como si temiese que me cayese en cualquier momento. Mis antiguas amigas solo se dedicaron a cuchichear entre ellas y a mirarme con una mezcla entre disgusto, lastima y superioridad. Como si los pequeños cortes me hiciesen menos que ellas. Algunos de tus amigos me dieron una sonrisa triste y decidieron ignorar el tema. Y otros me dijeron que ellos también lo habían hecho alguna vez. 

LúanDonde viven las historias. Descúbrelo ahora