Epilogo

3 0 0
                                        

Me miré una última vez al espejo de mano. Me veo bien. Respiro. Toco dos veces la puerta y la alegre chica me abre de inmediato.

–Papá ya estaba preguntando por ti, dice que llegas 15 minutos tarde.

–Lúan sabe que nunca fui puntual.

Le doy una última sonrisa cómplice antes de seguir el camino hacia la habitación.

–¡Luisiana! Ya te estabas tardando.

Lúan me sonríe, esa sonrisa de lado que no ha cambiado en nada a pesar de las arrugas en su rostro. Su sonrisa hace contraste con su posición recostada en la cama que lo hace lucir débil y tierno a la vez.

–¿Vas a seguir contándome la historia?

–Claro, ¿en qué habíamos quedado?

–Ella se fue.

–Ah, sí. Él respetó su decisión y no se acercó a ella, pero aún así jamás se separaron, ella lo acompañó al funeral de su papá y formó una amistad con su hermano Gio.

–¿Volvieron a estar juntos?

–No.

–¿Y él lo aceptó?

–Él siempre fue débil ante ella, jamás le pudo negar algo.

– ¿Tuvieron su final feliz?

–No.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

–Voy a preparar algo para comer.

Un huevo, media taza de azúcar, media taza de harina y una cucharada de mantequilla, media hora de cocción, tienes un cupcake.

–Está caliente.

Volví a la habitación con un cupcake en cada mano. Estaba ahí, había vuelto, vi sus ojos y me veía con ese amor de cuándo tenía 15 años, había vuelto para despedirse.

–¡Lu!

–¡Lúan!– lo abracé como si mi vida dependiera de ello, la crema pastelera se pegó a las sábanas y los cupcakes cayeron al suelo.

–Cariño– el llevo sus manos a mi cara secando las lágrimas–, ¿me he perdido verdad?

–Sí...

–¿Cuánto llevo así?

–Al menos seis meses, tu hija me llamó hace tres semanas, cuándo encontró las cartas.

–Te he extrañado tanto –su cara se dirigió a mi cuello, obligándome a acercarme a él–. Gracias por estar aquí.

–¿Cómo podría romper nuestra promesa? Es la única que pude cumplir.

–También le pusiste a tu hija Gianna.

–Sabes a lo que me refiero.

Nos quedamos un par de horas así, acostados en la cama, mientras yo jugaba con su pelo y uno de sus brazos estaba en mi cuello mientras que su mano estaba enredada en mi cintura. Nos quedamos dormidos.

Desperté cuatro horas después, su respiración era tranquila, me solté de sus brazos y fui en busca de un sólo cupcake, lo inyecte, tal cómo lo había pedido en la última carta.

–Luan... – lo sacudí un poco– Lúan, despierta.

Se removió un poco pero finalmente se despertó, se había vuelto a perder, lo ví.

–Luisiana...

–Te he traído un cupcake, pruébalo.

De inmediato me sonrió, cómo un niño que le regalas un dulce.

–Mi mamá hace unos maravillosos, deberías de probarlos.

–Ya lo creo.

Se llevó el cupcake a la boca, saboreándolo.

–¿Luisiana...?

–¿Sí?

–Te amo.

LúanDonde viven las historias. Descúbrelo ahora