𝟑𝟒

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"𝐐𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐧𝐨 𝐜𝐚𝐬𝐭𝐢𝐠𝐚 𝐞𝐥 𝐦𝐚𝐥, 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐡𝐚𝐠𝐚."

—𝐋𝐞𝐨𝐧𝐚𝐫𝐝𝐨 𝐃𝐚 𝐕𝐢𝐧𝐜𝐢.

Wilson era un pueblo perfecto.

O, al menos, esa era la imagen que intentaba aparentar.

En cuanto me bajé del coche, supe que algo no iba a ir bien. Una sensación de alerta, de respeto, recorrió mi cuerpo. Las casas, incluida la que los Stein habían comprado, eran oscuras; todas parecían estar construidas para mantener una fachada impecable, aunque la realidad fuese otra.

El cielo estaba encapotado, tal y como aparecía en las pocas fotos que había encontrado en internet, y hacía frío. Mucho frío. Como si toda la alegría del pueblo se hubiera evaporado tiempo atrás.

Cerca de nuestra casa solo había otra vivienda, y por lo que había podido observar eran, sin duda, las dos más grandes de Wilson.

La verdad es que no le presté demasiada atención. En cuanto salimos del coche, me apresuré a entrar, con Frey pegado a mi lado en todo momento.

Por dentro, la casa estaba mucho mejor de lo que había imaginado: sobria pero elegante, con tonos apagados que contrastaban a la perfección con nuestro antiguo hogar.

Cuando Frey y yo entramos en la que sería nuestra habitación, me dejé caer derrotada sobre la cama. Sentí cómo el colchón se hundía a mi lado y, un segundo después, cómo Frey colocaba su mano en mi cintura para atraerme hacia él. Me rodeó con los brazos, pegándome completamente a su cuerpo.

Nos quedamos en silencio. Yo me limité a trazar dibujos imaginarios sobre la tela de la camisa que cubría su pecho.

—¿Qué te pasa? —preguntó al cabo de unos minutos.

Y justo eso era lo que me inquietaba.

Para ellos, venir a Wilson era lo más normal del mundo. No tenían miedo; para ellos, solo era otra misión.

Para mí, no.

Desde que cruzamos la entrada del pueblo, algo en mi interior se encogió. Y sabiendo lo que ocurría allí, lo que aquella gente era capaz de hacer... el miedo se clavó todavía más profundo.

Solo pensar en compartir instituto con ellos me ponía enferma.

Noté cómo unas lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos. Mordí mi labio inferior para contenerlas y hundí un poco más el rostro en su pecho.

—Tengo miedo, Frey —confesé con la voz rota—. Este pueblo no me gusta... Lo que les hacen a las chicas, yo... Tengo mucho miedo...

No pude terminar. Frey colocó una mano en mi cintura y me separó suavemente para obligarme a mirarlo.

Al cruzar mi mirada con la suya, mi labio empezó a temblar sin control y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Frey me observó con atención. Sabía, igual que yo, que nunca había sido bueno manejando estas situaciones, así que simplemente me atrajo a su regazo. Secó las lágrimas de una de mis mejillas mientras la otra seguía mojando su camisa.

—No tienes que tener miedo —murmuró con toda la suavidad de la que fue capaz—. No te va a pasar nada, Eve, te lo juro. —Siguió acariciando mis mejillas—. Mataré a cualquiera que se atreva a acercarse a ti.

Asentí rápidamente antes de abrazarlo y apoyarme en su pecho, mientras mis lágrimas seguían cayendo en silencio.

𝐅𝐑𝐄𝐘 𝐒𝐓𝐄𝐈𝐍

𝗨𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗣𝗼𝘀𝘀𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻 |𝗙.𝗦|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora