𝟒𝟑

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"𝐐𝐮é 𝐝𝐮𝐥𝐜𝐞 𝐬𝐞𝐫í𝐚 𝐝𝐞𝐣𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐢𝐫 𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐞 𝐞𝐥 ú𝐥𝐭𝐢𝐦𝐨 𝐥𝐚𝐭𝐢𝐝𝐨 𝐞𝐧 𝐨𝐭𝐫𝐨 𝐩𝐞𝐜𝐡𝐨."

—𝐆𝐮𝐬𝐭𝐚𝐯𝐨 𝐀𝐝𝐨𝐥𝐟𝐨 𝐁é𝐜𝐪𝐮𝐞𝐫.


Estaba perdida.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

¿Semanas? ¿Meses?

El tiempo había dejado de tener forma dentro de esa habitación sin ventanas.

No recordaba la última vez que respiré aire fresco, ni cómo se sentía el sol sobre la piel.

A veces pensaba que estaba perdiendo el juicio.

El mundo me daba vueltas sin moverme del sitio. Las paredes parecían inclinarse. El silencio pesaba tanto que me aplastaba el pecho.

Veía a Frey.

Lo veía apoyado en la puerta, sentado a mi lado, mirándome como solía hacerlo cuando estaba preocupado. En esas visiones estaba vivo, intacto, real. Pensaba que había venido a rescatarme, que todo había terminado. Pero bastaba con parpadear para que desapareciera.

Eran alucinaciones.

Lo sabía porque el dolor seguía ahí cuando abría los ojos.

A esas alturas ni siquiera sabía si Frey seguía con vida. Si el golpe que le dieron en la mansión había sido mortal. Si había intentado buscarme.

La fiebre era lo único constante.

Cuando no me hacía temblar hasta perder el sentido de frío, me concedía pequeños momentos de descanso. Momentos en los que el cuerpo se rendía. Porque o me desmayaba por el dolor de la infección, o por la contusión en la cabeza... y, de alguna forma, eso era mejor.

Cuando me desmayaba del todo, dejaba de sentir.

Y en esa oscuridad, a veces, volvía a verlo.

A Frey.

No como una ilusión cruel, sino como un refugio. Como si mi mente se aferrara a su recuerdo para no romperse del todo. En esos instantes suspendidos, cuando no había miedo ni dolor, podía fingir que aún me estaba buscando. Que no me había abandonado. Que no estaba sola.

Luego despertaba.

Y la habitación seguía ahí.

Preferiría mil veces que Heiner me sacase para torturarme como hacía con Leigh o Mila. Pero no, mi castigo era ese. La soledad, permanecer aislada de todo, sentir que estaba perdiendo el juicio con cada segundo más que pasaba sin contactar con el exterior.

Había llorado por mis padres, por la muerte injusta que habían sufrido, por un final que jamás merecieron. Había llorado también por el niño que aún no sabía que crecía en mi vientre y que ya había perdido. Era cierto: no tenía el periodo desde hacía un par de meses, pero lo había atribuido al estrés, al miedo constante.

Había llorado por Frey, por la necesidad desesperada de tenerle a mi lado, rezando en silencio para que siguiera con vida, para que estuviese bien. Había llorado tanto, durante tanto tiempo, que las lágrimas parecían haberse agotado, dejando tras de sí solo un vacío doloroso en el pecho.

Estaba tumbada sobre el colchón, mirando el suelo como llevaba haciendo quién sabe cuánto tiempo. Contaba las grietas entre las baldosas para mantener la mente ocupada, para no perder el juicio del todo.

𝗨𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗣𝗼𝘀𝘀𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻 |𝗙.𝗦|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora