He subido a la azotea de la escuela, la cual tiene rejas altas de contención. Trato de acostumbrarme a la idea de que jamás volveré a pisar una escuela y posiblemente nada parecido. El cielo pintado con nubes grises y el viento frío sólo hacen más nostálgico el escenario.
Hay alumnos en el patio, sentados sobre el pasto o en las mesas de madera. Comparte su almuerzo, intercambian apuntes y conversan de forma alegre, todos parecen pertenecer a un grupo, parecen unidos a otros estudiantes. Y luego estoy yo, aquí arriba sin sentir la necesidad de ser parte de ellos.
He cambiado de escuela tantas veces que no me molesté nunca por formar amistades o recuerdos. Incluso no me molesté en acercarme a nadie en las escuelas que compartía con otros chicos cuyos padres era amigos de Vladimir.
Desde hace unos años he sentido una desconexión del mundo. No me nace acercarme a nadie, no siento que necesite hacer amistades... o eso era antes de decidir que debo quedarme en el refugio. Incluso siento una extraña emoción al saber que volveré a ese lugar.
—¿Pensamientos suicidad a esta hora de la mañana? —La voz burlona de Nueve suena a mis espaldas—. Si lo necesitas, puedo darte un empujón.
Me sorprende escucharlo. No lo vi esta mañana al despertar, y una parte de mi quiso creer que no lo vería en todo el día, pero muy a mi pesar sé que ya me estoy acostumbrando a tenerlo cerca.
—¿Pensamientos asesinos antes del almuerzo? —uso un tono similar al suyo.
—Tú quieres morir y yo quiero saber qué se siente empujar a alguien desde esta altura —murmura—. ¿Hacemos un trato?
Una risa airada por parte del chico de ojos grises es la que hace que me gire en su dirección lanzándole una mirada sin disimulo. En sus labios hay una sonrisa burlona.
—¿Cómo llegaste aquí? —Me cruzo de brazos—. La escuela está cerrada a extraños.
—No existe lugar cerrado para los Ascendidos. —Se encoge de hombros.
—¿Otra vez con eso? —Ruedo los ojos, usando las barras de contención para recargarme.
—Parece que mi advertencia del otro día no te importó. Deberías tener más precaución. Puedo apostar a que no notaste que te estuve siguiendo.
—En realidad, sí lo noté. Pero como supe que se trataba de ti, no vi razón para preocuparme —miento con descaro.
Meto mis manos en los bolsillos de mi chaqueta, buscando la paleta que Vladimir dejo para mi esta mañana junto a una nota de que me cuidara de la lluvia que parece estar amenazando con caer en cualquier momento.
—¿Siempre eres así de necia? —Ladea la cabeza.
—No me estoy esforzando en nada, al igual que tú.
Sé que es el momento perfecto para sonreír con la misma sátira que Nueve me muestra a menudo. Aunque no me veo capaz de hacerlo. Sus ojos siguen clavados en mí. Con la luz natural se notan más claros, esa ausencia de color aumenta la sensación de que su expresión es de hielo, por un momento pienso que sus orbes plateados contienen la tormenta.
Él frunce el ceño de forma extraña un segundo, mismo en el que parece hacerse consciente de que lo estoy mirando con detenimiento. Sospecho que me salió un tercer ojo por la forma intensa en la que me regresa el estudio. Como siempre, no logro tener un atisbo de lo que pudiera estar pensando. El suspiro mitad gruñido que deja salir mientras se revuelve el cabello me deja más descolocada.
—Admito que suelo hacer muchas cosas por accidente, y me cuesta hacerme responsable por ellas —pronuncia con un tono calmado. Apunta con un dedo la herida en mi ceja —. Como eso, por ejemplo. Pero los accidentes a veces no son una justificación suficiente, ¿cierto?
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Rojo Ascender
Ficção CientíficaNira está consciente de que su vida no tiene ni una pizca de normalidad, solo hace falta ver su más grande secreto: Tiene una habilidad sacada de los cómics. La tiene desde que una extraña figura se presenta en sus sueños: una mujer de ojos rojos y...
