<<Zona de edificios abandonados. Dos horas antes...>>
El joven de cabellera rojiza soltó un jadeo mitad tos, escupiendo sangre que se mezcló con líquido azul del suero de los Imitadores formando una masa viscosa y oscura. La pared contra la que su espalda se estrelló soltaba polvo sobre su cabeza.
Frente a él, se tendían por el suelo al menos cinco agentes de Imperio. La corona en sus insignias parecía no tener valor.
«¿Por qué terminé peleando contra este monstruo? Se supone que Lewis contendría este desastre. ¿Dónde diablos se metió?», se preguntó.
Vánagandr le regresaba la mirada con la mandíbula tensa. Una llama roja brillaba desde la comisura inferior de su ojo derecho. El rojo en sus iris dominando al color natural. Un negro bañaba el resto de su ojo, esa oscuridad parecía querer salir de su cuerpo en forma de venas en su mejilla.
En algún momento de su persecución, Adgel terminó enfrentando a la ira de Vánagandr.
—¿Dónde está Ada? —inquirió el lobo.
Adgel tragó en seco.
—No tengo idea, no nos topamos mucho. —Se encogió de hombros, dispuesto a demostrar que Vánagandr no lo intimidaba, aunque en realidad se moría de nervios.
—Claro que sabes, un Imitador nunca está solo. —La voz de Vánagandr salió profunda.
—Aun si lo supiera, jamás te lo diría. Por muy cliché que eso suene, es la verdad.
Adgel levanto las manos en un súbito movimiento, amenazó con chasquear los dedos y atacar con su habilidad de onda expansiva a Vánagandr. El lobo inclinó la cabeza hacia su derecha, y en las muñecas de Adgel aparecieron dos cortes limpios que comenzaron a sangrar escandalosamente antes de que se pudiera producir algún sonido.
—Los Imitadores siguen teniendo el cuerpo débil de un humano —murmuró Vánagandr—. Yo en tú lugar, pensaría mejor antes de moverme. Aunque, sé que no puedes levantarte, escuché la forma en la que tu columna se partió.
—Ustedes tienen más en común con los perros que con los humanos, eso es asqueroso —el tono de Adgel estaba marcado por el desdén.
—Una persona normal tardaría de veinte a treinta minutos en desangrarse por un corte así —confesó Vánagandr, señalando con un gesto de cabeza las heridas en las muñecas de Adgel—. Pero aún eres un Imitador, así que calculo que tienes el suficiente tiempo para decirme dónde está Ada.
—Ya te lo dije: no lo sé —contestó con la mandíbula tensa de dolor.
—¿Conoces esa creencia sobre que los gemelos comparten dolor, sensaciones y hasta pensamientos? —comenzó a hablar el lobo, con la mirada distraída—, viene de los gemelos Ascendidos. Un Ascendido tiene una conexión con los suyos. Tener hermanos aumenta la fuerza de ese lazo, pero ser gemelos; es como tener una extensión de tu cuerpo, que se mueve, habla y piensa de forma independiente.
A Adgel no le interesaba escuchar sobre las personas que más odiaba en el mundo, aquellos por los que hacia este trabajo con la esperanza de desaparecerlos de la faz de la tierra.
—Me pregunto, ¿tú hermana sentirá el dolor que te he causado hasta ahora? —susurró el lobo con tono siniestro, asegurándose de que sólo Adgel y él pudieran escuchar esas palabras—. Después de matarte e ir por ella, ¿será como matarla dos veces?
Adgel ya no podía pelear, aunque lo quisiera; bastante del suero que le permitía ser un Imitador salió por sus oídos y ahora estaba fuera de combate.
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Rojo Ascender
Science FictionNira está consciente de que su vida no tiene ni una pizca de normalidad, solo hace falta ver su más grande secreto: Tiene una habilidad sacada de los cómics. La tiene desde que una extraña figura se presenta en sus sueños: una mujer de ojos rojos y...
