Capítulo 38: Plan B

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Despertar y ver a Seven se puede comparar a la sensación de tener que tragarse la bilis. Fragmentos de lo que pasó, hace no sé cuánto tiempo atrás se mezclan entre mis murmullos internos que maldicen al rubio y su sonrisa coqueta.

—Vaya, despertó la princesa sin necesitar de un beso —es con lo que me recibe. 

Vacilo entre la idea de hacerme pasar por sorda o contestarle con algún comentario mordaz.  

—¿Dónde estamos? —De momento me conformaré con un tono despectivo—. ¿Qué pasó? 

Seven está sentado en el piso, con la espalda recargada en la pared y aspecto de haber tenido una pelea contra perros y haberla perdido. Está atado de muñecas y tobillos con bridas. Su cabello desordenado tiene restos de hojas secas y ramitas.

A nuestro alrededor hay cajas, instrumentos que no reconozco y motas de polvo flotando. Estamos dentro del edificio de Imperio.

—Bueno, imagino que no encontraron una forma mejor de entrar que: entrar en contra de su voluntad —explica con un tono jovial que no concuerda con nuestra situación.

Apunta con su barbilla a mi izquierda.

A diferencia de Seven, a Kellan y a mí nos han puesto en sillas. Tenemos la misma situación con las bridas. Esto me recuerda a mi primera vez en el refugio, solo que aquí la sensación de peligro me tiene mirado con sospecha cada rincón oscuro de la habitación.

 El chico de ojos grises permanece con la cabeza baja y el ceño fruncido con incomodidad.

—¿Y que se supone que hagamos ahora? —susurro. 

—Guardar silencio para que pueda concentrarme —masculla Kelllan. 

Ahora que mis sentidos han vuelto a la normalidad, es más notorio que la esencia de la habilidad de Kellan nos rodea y sus ojos brillan en color carmín. No estaba incómodo, se estaba concentrando

—¿Podemos irnos ya? —pregunta Seven con una calma.

—Sí, eso creo. Ahora te ayudo —Kellan me asegura antes de reírse ante mi gesto de extrañeza.

Seven es el primero en moverse, usa la pared a su espalda de apoyo para serpentear hasta erguirse. Salta separando las rodillas al caer. Las bridas en sus tobillos se revientan. Por último, hace un movimiento con sus manos hacia su pecho, como si estuviera apuñalando su corazón.  En cuestión de nada, está libre. 

Kellan también trabaja rápidamente para deshacerse de las bridas que le atan las manos a la silla, usa las piernas, subiendo la pierna correspondiente a la mano que va a liberar; toma sus tobillos y lanza una patada hacia el suelo sin soltarse.

Le toma dos suspiros ayudarme. Sin duda estos dos ya tienen bastante práctica.

—¿Qué nos dice tu radar? —cuestiona Seven. 

—Estamos en el sótano. No parecen preocupados por nosotros —sus palabras salen con una lentitud extraña—. La actividad se mantiene en los niveles superiores —informa conforme sus ojos regresan a su color original—. Sobre nosotros pasa una patrulla conformada por tres integrantes cada diez minutos.

—¿Qué hay del resto del edificio? —Seven se pasa las manos por su cabello, limpiandolo con gesto ausente. 

—Algo bloquea mi escudo a unos metros, no puedo ir más allá sin dejar más esencia.

—Eso no pasó la primera vez que estuvimos aquí, deben ser los efectos del inhibidor —dice Seven.

—No, no lo creo. Los agentes de antes tenían armas de pulso, quizás tengan delimitadores como en Tartaro. Una celda de contención, quizás. —Kellan se acerca a la puerta. Su manera de andar es extraña—. Sea lo que sea, lo averiguaremos al salir de aquí.

Rojo AscenderHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora