Capítulo 44: Mía

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<<Años atrás... Vladimir>>

Una sacudida me saca de mis ideas. La cabeza me duele, pero me recuerda que estoy en la parte trasera de un taxi en cuanto abro los ojos. El cielo tiene matices rosas que se me antojan nostálgicos.

—¡Ten más cuidado! —brama mi conductor, molesto.

No creo que el otro conductor pueda escuchar la palabra mal sonante que le sigue.

—Eso debió despertarte. Lo siento, muchacho —se disculpa viéndome a través del retrovisor—. Pareces cansado y no te ves muy bien con todos esos golpes y cortes. ¿No quieres que mejor te lleve al hospital?

—Estoy bien. Sólo llévame a la dirección que le indique, por favor —suelto en un suspiro.

Acomodo la pesada mochila sobre mis piernas para rebuscar en su interior la chaqueta negra que metí de forma apresurada. Estos últimos días el frío se ha tornado intenso. No tardará mucho en llegar la nieve.

Este invierno me parece el más helado de todos los que puedo recordar. Por lo general adoro el frío, pero el sabor metálico que rosa mi lengua al hablar me recuerda que ya no podré ver el invierno de la misma forma.

—Oh, ¿eres policía? —cuestiona el hombre, aparentemente después de ver la mochila.

—Militar —corrijo con desgana. Me pongo la chaqueta, subiendo el cierre hasta la mitad de mi pecho—. Lo era hasta ayer.

Cubro con las manos los hilos sobresalientes de la insignia que arranqué del pecho de la chaqueta. Saber que no está ahí se siente bien, pero temo que pueda reconocer el uniforme.

—¿Estuviste en Turquía? —inquiere, curioso.

—Afganistán. —Miento con menos ánimos.

—Así que eres un héroe de guerra —puntualiza—. Gracias por tu servicio, hijo.

Héroe es el antónimo de lo que soy, pero no se lo hago ver. Los héroes no van empuñando armas y participando en guerras, las impiden. Pero los héroes no existen y aunque lo hicieran, no sería bienvenido entre ellos. Y en parte me alegra que sea así.

El auto reduce la velocidad al entrar al bloque de casas que reconozco en seguida y un nudo aparece en la base de mi garganta cuando mi mente se llena de recuerdos que duelen.

—Esas heridas, ¿te las hiciste allá?

Su ronda de preguntas comienza a incomodarme.

—Sí —Quizás mi respuesta corta lo haga detenerse.

—¿Y cómo te las hiciste? —reta mi lógica.

La molestia escala por mi garganta, obligándome a retener un gruñido malhumorado. Pero el descuido de mis emociones tiene consecuencias. Terribles consecuencias.

La alucinación auditiva de balas impactando cerca de mi, el metal sacando chispas y mi nombre repitiéndose en continuas llamadas de auxilio me hace menear la cabeza para tratar de mantenerme en el aquí y el ahora.

—Mi caravana fue perseguida por... terroristas. —Los sonidos se alzan por sobre el volumen de mi voz así que tengo que esforzarme para no gritar—. Sólo dos personas de mi escuadrón sobrevivieron y soy una de ellas.

Ignoro el dolor en mi pecho, la tensión hiriente en mi garganta y el temblor de mis manos. La impotencia grita a mis espaldas, agregando ruido a mi psicosis.

—Lo lamento —responde mi conductor—. Eres afortunado de estar aquí, hijo. De seguro la vida tenía otro plan para ti —consuela.

Gotas de sudor se aglomeran en mi frente y cuello cuando la tortura mental termina. Suelto un suspiro intentando normalizar mi arritmia.

Rojo AscenderHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora