Capítulo 36: Piezas

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Dejo la última bolsa de basura en el contenedor del exterior de la cocina. Con esto terminan las tareas que me habían encargado y debo prepararme para el verdadero reto: entrar por segunda vez a Tártaro.

Kellan ha salido, en los últimos días parece demasiado ocupado para cualquier cosa. Para mi, está esquivando las miradas inquisitivas que se dirigen a él desde que el encuentro y enfrentamiento con su padre fue un chisme que se propagó como una gripe muy contagiosa en el Refugio.

Desde aquella, lo he notado incómodo. Sin duda hay algo que lo tiene inquieto o pensativo.

Suspirar ha pasado de ser un simple hábito a ser un rasgo particular de mi personalidad. 

—Casi son las seis —suelto por lo bajo, mirando las nubes. 

Las puertas abatibles de la cocina se abren. Estoy lista, y hasta agradecida, con la idea de que me pidan hacer algo a última hora. Pero la figura de Seven borra el intento de sonrisa que comenzaba a esbozar. 

—El cachorro está lejos de la manada, ¿no te parece? —dice en tono casual.

—¿Cómo dices?

El rubio muestra una sonrisa maliciosa.

El color de sus ojos parece oscurecido por pensamientos que no quiero saber. Su gabardina ha desaparecido, dejando a la vista la musculatura en sus hombros y brazos. Sus botas de combate marchan con firmeza al acercarse. Seven es unos centímetros más alto que Kellan, pero ahora, la diferencia de estatura entre ambos resulta abismal por alguna razón.

Su postura irradia la sensación de estar ante un depredador del cual me niego a ser presa.

«Ah, yo soy el cachorro». Llegar a esa conclusión es inquietante.

—Qué conveniente —susurra con aires de grandeza.

Su sonrisa crece, es una advertencia, no un gesto de animosidad.

Algo en mi pecho se mueve, no de una forma metafórica. La cadena del collar de mariposa que siempre llevo tira hacia abajo. Mis manos buscan el metal, algo me impide tomarlo. Una gelatina dorada se mueve, se escurre entre mis dedos.

Es la piedra de Odín que Seven me había dado. Al levantar los ojos, me encuentro con el carmesí y dorado de su mirada. Mi piel se eriza a causa de un frío extraño. 

El sonido del metal chocando me hace regresar al objeto en mi pecho. Se vuelve enorme, me salpica como agua y en un parpadeo es como si me hubieran puesto una camisa de fuerza hecha de oro.

—¿Qué crees que-...? —Mi pregunta es cortada por la mano de Seven, esta cubre mi boca y me empuja contra la pared a mis espaldas. 

La masa dorada se adhiere a la pared. El terror me invade bajo la mirada afilada y cruel de Seven. La masa dorada despeja el área de mi cuello, y sus fríos dedos se aferran a esa zona expuesta.

—Te pongo a prueba, aunque no pareces tan lista como dicen, ¿eh? —murmura—. Sin duda esperaba algo más entretenido que esto.

Me remuevo contra la pared a mi espalda. Él clava sus dedos en mi mandíbula, asegurándose de que no mire en otra dirección. La camisa de fuerza dorada sigue manteniéndome a la altura perfecta para que nuestros ojos se encuentren.

El impulso de querer escupir en su rostro nace en mí, un reflejo de una personalidad a la defensiva que no salía a relucir desde hace años. Incluso, me sorprende que siga ahí.

—Al observar a una persona, puedo saber si es útil para algo. Y con útil me refiero a si tienen algo que me sirva. —Resopla contra mi mejilla—. Sin una utilidad para mi, te vuelves un estorbo. Algo débil que causa distracción.

Rojo AscenderHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora