Capítulo 37: Mal comienzo

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—¿Por qué te mueves así? —Miro a Kellan con extrañeza al momento en que vuelve a sacudir los hombros—. ¿Tienes frío o se te  ha colado un bicho en la ropa?

—Tengo un dispositivo en la ropa que emite una luz en el de Seven cuando no detecta movimiento —explica—. Son útiles en el caso de que alguno quede inconsciente. Si mi luz se enciende en el dispositivo de Seven y él no puede encontrarme, tiene un botón de emergencia, entonces, mi dispositivo emitirá una alarma para que puedan localizarme. 

—Qué precavidos —concedo. Las piernas ya se me están entumeciendo—. Viendo la situación en la que estamos, creo que lo mejor sería que dejes de moverte. 

—¿Y darle el placer de que venga a burlarse? No gracias. —Aletea en el aire para evitar girar—. Para empezar, me metí en este embrollo porque no puedes mirar por dónde andas —recrimina. 

—¿Te confieso algo? —Cruzo los brazos sobre mi pecho—. Esto no es como lo imagine. Aunque, también debemos admitir que es en parte tú culpa. No me avisaste a tiempo —acuso con tono delicado. 

Kellan sigue irritado conmigo, lo menos que quiero es estar picando sus costillas y lograr que ese enfado que dice no sentir me explote en la cara. Sin embargo, no me gusta sentir que soy la única culpable. 

—¿Quieres guardar silencio? —susurra Kellan con un mal humor mal disimulado. 

—¿¡Cómo quieres que me quede callada!? —chillo—. ¡Estoy colgando de cabeza atada a un árbol!

Mi queja espanta a los pájaros aún despiertos mientras la noche comienza a caer sobre el bosque. La cuerda de acero alrededor de mis tobillos cruje. Kellan no está mejor. Solo uno de sus tobillos ha quedado libre.

—¿Hay alguna forma de que logremos escapar?

—Estoy en eso —Kellan gruñe. 

Su torso está levantado, sus dedos índice y medio de su mano derecha están extendidos, apuntando a la cuerda. 

—Oh, no —Me agito—. ¡No, no, espera! 

—¿Esperar qué? —gruñe—. ¿Que la sangre termine de llegar a nuestros cerebros? Nadie va a venir a salvarnos, Nira.

—No lo tomes a mal —suelto con preocupación—, si fallas podrías matarte o cortarte el pie. 

—¿Eso es lo peor que puede pasar? —Una sonrisa afilada se posa en sus labios. 

—A veces eres un sádico. —Me tapo los ojos con las manos, pero termino espiando a través de las aberturas de mis dedos—. No quiero ver.

Kellan rueda los ojos, no está molesto, pero cada segundo que pasa parece estar más cerca de que sea así. Él cierra la mano en un puño tan apretado que un par de sus nudillos han tronado. El escudo rojo alrededor de la cuerda la corta con un mínimo esfuerzo. Kellan cae sobre su espalda.

—Te lo dije, no es tan difícil. Bien... tú turno —murmura poniéndose de pie. 

—Por lo que más quieras en esta vida... —Junto las manos en forma de rezo—, no falles. 

—Lo intentaré.

Abro la boca para protestar, él no me da oportunidad. 

Me llevo las manos a la nuca, esperando el golpe. Mis piernas caen al romperse la cuerda. Es gracias a que Kellan me sostiene por la espalda que prácticamente caigo de pie. 

—Debiste haber visto tú cara —se burla alejándose de mí. 

Lo fulmino con la mirada, él finge capturar la bala con una mano y la arroja hacia los arbustos. Estoy a punto de decirle algo ingenioso, cuando siento el pinchazo, el sonido de la maleza quebrándose ante varios cuerpos atravesandola.

Rojo AscenderHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora