Estaba besando a Max detrás de los jardines, escondidos del mundo, cuando un grito desgarrador rompió nuestra burbuja. El sonido del llanto lo siguió de inmediato, llenando el aire con una desesperación que me erizó la piel.
Nos separamos abruptamente, el miedo reflejado en nuestros ojos. Salí del improvisado escondite y corrí hacia el origen del grito, encontrando a César en el suelo, con la cabeza sangrando, y a Lando llorando a su lado.
—¿Qué pasó? —pregunté alarmado, mi corazón latiendo con fuerza.
—Iba a buscarte cuando cayó —me dijo Lando entre sollozos, su rostro marcado por el miedo y la culpa.
En ese momento, mamá y papá llegaron corriendo, su preocupación palpable. Quería hacer algo, pero me sentía paralizado, incapaz de pensar con claridad.
—Llama a la ambulancia —dijo mi padre, arrodillándose junto a César, mientras mamá trataba de consolar a Lando.
La ambulancia llegó en un abrir y cerrar de ojos, y se llevó a César junto con papá. Subí a cambiarme rápidamente, decidido a ir con ellos al hospital. Sin embargo, cuando salí vi a mamá mirándome desde el auto, su expresión era de una mezcla de tristeza y decepción.
—¿A dónde vas? —preguntó mamá, su voz dura y contenida.
—Con ustedes —dije, viendo a los demás ya en el auto.
—No creo que tu padre quiera verte —dijo mamá, su voz quebrándose.
—Mamá…
—Ya hiciste suficiente —soltó lágrimas, su rostro reflejando una mezcla de dolor y furia.
—¿Qué? —pregunté, mis ojos llenándose de lágrimas.
—Tu única tarea era cuidarlo y mira lo que sucedió —dijo, sus palabras cortándome como un cuchillo—. Nos has decepcionado.
—¿Cómo puedes decirme eso? —solloce, sintiendo el peso de la culpa aplastándome.
Ella se subió al auto y se fue, dejándome ahí, sollozando y desamparado. Max intentó abrazarme por detrás, pero me alejé, incapaz de soportar el contacto.
—¡Es mi culpa! —grité, mi voz llena de desesperación.
—No es cierto —dijo Max, tratando de calmarme.
—Sabía que esto pasaría —susurré para mí mismo, el dolor y la culpa aplastándome—. Esto es un error —lo miré con ojos llorosos, el peso de la decisión aplastándome.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Max, su voz temblando.
—Que esto terminó —dije, sintiendo mi corazón romperse en mil pedazos.
Me alejé de Max, mi mente nublada por el dolor y la culpa. Sabía que había tomado la decisión correcta, aunque cada paso me dolía más que el anterior. Me sentía atrapado en un torbellino de emociones, incapaz de ver una salida.
Pasaron varias horas de silencio y distancia entre Max y yo. Las palabras de mi madre seguían resonando en mi cabeza, y la culpa por el accidente de César no me dejaba en paz. Evitaba a Max tanto como podía, aunque mi corazón anhelaba estar cerca de él. Pero sabía que si nos reconciliábamos, tendría que enfrentar las consecuencias y la complejidad de nuestra situación.
Harto de mi habitación fui hasta el granero, me quedé sentado ahí pérdido en mis pensamientos, cuando Max entró. Lo vi acercarse, su expresión seria pero llena de determinación. Quise levantarme y huir, pero mis piernas no respondían.
—Sergio, tenemos que hablar —dijo, su voz suave pero firme.
—No hay nada que hablar, Max —respondí, evitando su mirada.
—Sí, sí lo hay —insistió, sentándose frente a mí—. No podemos seguir así.
Suspiré, sintiendo cómo la barrera que había levantado comenzaba a derrumbarse. Lo miré a los ojos, esos ojos que siempre me habían dado fuerza.
—No quiero hacerte daño —dije finalmente, mi voz quebrándose.
—No me estás haciendo daño, Sergio —respondió Max, tomando mis manos—. Estamos en esto juntos. Lo que pasó con César no fue tu culpa.
—Pero mamá...
—Mamá está asustada y preocupada. Pero eso no significa que tenga razón. Te necesito, Sergio. Nos necesitamos.
Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro, y Max me abrazó con fuerza. Sentí su calidez y su amor envolviéndome, y poco a poco, el peso de la culpa comenzó a aligerarse.
—Te amo, Sergio —susurró, su voz llena de emoción.
—Yo también te amo, Max —respondí, apretándolo contra mí.
Nos quedamos así, abrazados, durante lo que pareció una eternidad. El sol empezaba a ponerse, llenando el granero de una luz dorada y cálida. Max se separó un poco y me miró a los ojos, y sin decir una palabra, nos besamos. Fue un beso lleno de amor y desesperación, como si ambos intentáramos compensar todo el tiempo perdido.
El beso se hizo más profundo y apasionado, y sentí el calor de su cuerpo contra el mío. Max me guió suavemente hacia el heno, y nos tumbamos allí, sin romper el contacto. Sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo, y una corriente de deseo recorrió mi piel.
—¿Estás seguro? —preguntó, su voz ronca por la emoción.
—Sí —respondí, sin dudarlo—. Te necesito.
Max me besó de nuevo, con más urgencia, y nuestras ropas comenzaron a desaparecer. Sentí cada caricia, cada beso, como si fuera la primera vez. El mundo exterior dejó de existir; solo éramos él y yo, perdidos en nuestro amor.
Cuando finalmente se unió a mí, el dolor inicial se desvaneció rápidamente, reemplazado por una oleada de placer y conexión profunda. Nos movimos juntos, sincronizados, y el éxtasis que sentí fue más allá de lo físico. Era como si nuestras almas se unieran, fundiéndose en una sola.
—Te amo —dije entre susurros, mi voz temblando por la intensidad del momento.
—Y yo a ti —respondió Max, su voz cargada de emoción.
Llegamos al clímax juntos, y nos quedamos tumbados allí, en el heno, abrazados y exhaustos. El granero estaba en silencio, salvo por nuestros suspiros satisfechos. Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, todo estaba bien.
—Nunca me dejes, Sergio —susurró Max, su voz suave pero firme.
—Nunca lo haré —respondí, acariciando su cabello.
Nos quedamos así, disfrutando de la tranquilidad y la cercanía, sabiendo que, sin importar lo que el futuro nos deparara, siempre nos tendríamos el uno al otro.
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Wildest dream || Chestappen
FanfictionKelly y Antonio se habían conocido en sus años universitarios. Su amor fue intenso y apasionado, llevándolos al altar donde prometieron amarse para siempre. Fruto de esa unión nacieron Sergio, Antonio y Paola. Sin embargo, como muchas historias de a...
