Capítulo 6.

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Con la mandíbula rígida y la determinación ardiendo en sus ojos, Elara obligó a su cuerpo a levantarse. Sus piernas temblaban como ramas quebradizas sometidas a un vendaval, incapaces de sostenerla con firmeza. Se tambaleó, vacilante, como si alguien hubiera cortado los hilos invisibles que mantenían su equilibrio. El mundo giró un instante, amenazando con tragársela de nuevo. Aun así, se aferró al tubo metálico a su lado, sintiendo su frío como un ancla que la mantenía consciente.

Un estruendo retumbó a pocos metros, un golpe seco que hizo vibrar el aire. Elara alzó la vista con esfuerzo. Entre las luces intermitentes y el humo disperso, distinguió una escena imposible de ignorar: Natasha corría a toda velocidad, y detrás de ella, un monstruo de musculatura brutal y piel jade avanzaba arrasándolo todo. Hulk. Sus ojos, enormes y llenos de furia primitiva, se clavaban en la espalda de la espía.

Elara abrió los ojos de par en par. Respirar dolía. Moverse dolía. Existir dolía. Pero quedarse quieta significaba morir.

—¡Corre!— gritó con una voz que salió más ronca de lo que esperaba.

El Helicarrier entero parecía responderle con un temblor sordo. Los rugidos del coloso verde rebotaban en los paneles metálicos, creando un eco que hacía vibrar el pecho. Elara se impulsó hacia Natasha, y juntas comenzaron a correr. Sus botas golpeaban el suelo con un ritmo irregular, acelerado, mientras las luces de emergencia titilaban con un rojo que daba la sensación de que la nave misma estaba sangrando.

Cada pisada de Hulk era una explosión que recorría los pasillos, un recordatorio brutal de que apenas les llevaba unos segundos de ventaja.

Natasha lanzó una mirada rápida hacia Elara: una mezcla de cálculo, urgencia y algo que parecía cansancio acumulado.

—¡A la izquierda!— gritó, señalando un pasillo que se abría repentinamente.

Elara no dudó. Giró bruscamente, sintiendo un estirón doloroso en la cadera pero ignorándolo, y siguió el paso de Natasha. El corredor era más estrecho y oscuro, y el sonido del aliento rabioso de Hulk retumbaba como un trueno detrás de ellas. Podían sentir cómo la furia del gigante hacía vibrar el aire caliente a sus espaldas.

Se movían casi en sincronía. Natasha, curtida por misiones imposibles, avanzaba con una precisión quirúrgica, cada gesto limpio y calculado. Elara, aunque menos experta, canalizaba sus sentidos y energía, dejándose guiar por la intuición y la necesidad. El ritmo entre ambas surgía de manera natural, como si hubieran entrenado juntas por años.

Entonces, un nuevo estruendo atravesó el pasillo. Hulk destrozó una barrera metálica que intentaba detenerlo, arrancando los paneles como si fueran una cortina de aluminio. Su rugido llenó el corredor, una llamada salvaje que casi les congeló las piernas.

Elara extendió una mano hacia atrás. No tenía tiempo para dudar, solo para reaccionar. Su energía respondió a su miedo y a su voluntad, formando una barrera luminosa que se expandió en un estallido blanco. La onda golpeó el pecho del monstruo, obligándolo a retroceder unos pasos.

Solo necesitaban un instante. Y lo consiguieron.

Las dos reiniciaron la carrera. Elara tomó el frente esta vez, saltando sobre cables sueltos y fragmentos de paneles desprendidos. Las chispas volaban como luciérnagas frenéticas, y algunas se pegaban a su ropa antes de extinguirse. La enorme mano de Hulk volvió a aparecer detrás de ellas, casi alcanzándolas. Su sombra cubrió a Natasha, y el golpe la lanzó hacia adelante con un rugido de dolor.

Elara giró de inmediato.

—Vamos, Romanoff— dijo, agarrándola del brazo y obligándola a levantarse.

GHOST (Bucky Barnes)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora