Epílogo

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Dos años después

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Dos años después...

Sin otro remedio, Angie, cargó al niño en brazos, buscando callar su llanto mientras miraba temerosa al otro pequeño, sumido en un sueño profundo en el viejo sofá. Temía que despertara también. Ambos pequeños eran como dos gotas de agua, nacidos el mismo día, a la misma hora, pero que seguramente tendrían destinos y vidas diferentes.

Angie miró con impaciencia el reloj en la pared, pues iba a llegar tarde de nuevo a su empleo por culpa del retraso de su hermana. Desde su regreso a México, todo lo que podía pensar era en matar el hambre de su familia, que había crecido desde el último año. Esta vez, el propietario del edificio en el que vivían no le perdonaría un retraso en la renta; la angustia crecía en medio de su silenciosa espera en la humilde sala del apartamento.

El llanto del pequeño cesó cuando por fin aceptó el biberón. Ella sonrió, acariciando los mechones dorados de su cabecita; aquellos ojos verdes permanecían clavados en ella, y el sueño no parecía asomarse en él. Pronto sintió la necesidad de sentarse, pues cada día los pequeños estaban más pesados.

En ese momento, miró en dirección a la vieja mesita de centro; allí estaba esa revista que su hermana había traído hace unos meses. En la portada, había una hermosa mujer que lucía uno de esos vestidos que solo pueden soñarse o comprarse en las mejores tiendas. Ella se encontraba junto a ese príncipe, que una vez fue la bestia que ella liberó. Se veían felices y enamorados en su boda...

«Sé libre».

Pensó y miró a su hijo entre sus brazos. Esta vez no salieron más lágrimas, pues ya había llorado suficiente, aunque a veces su corazón roto no parecía entenderlo.

—Voy a contarles una historia —dijo Angie mirando a los pequeños.

El único despierto era ese pequeño rebelde y, aunque no podría entenderle, confiaba que más adelante ambos lo harían.

Había una vez dos pequeños hermanos a los que les gustaba buscar aventuras en el bosque. En una ocasión, decidieron escapar de casa. En busca de fresas silvestres, caminaron bajo la sombra de los árboles y se encontraron con un hermoso lago. Aquel lugar era un paraíso oculto. Los peces saltaban de un lado a otro, los pájaros entonaban con fuerza su melodía, y las hojas y flores silvestres suspiraban ante las caricias del viento.

Todo allí era mágico.

Los pequeños decidieron nadar en aquellas aguas cristalinas. Pero mientras jugaban, el sonido de sus risas se vio interrumpido por un fuerte rugido que venía de las profundidades de la laguna. Fue entonces que el cielo se oscureció, el viento sopló con fuerza y del agua emergió un monstruo gigante. Uno de los pequeños logró salir rápido del agua, pero su hermano fue acorralado por el monstruo.

Desde la orilla, el niño valiente recogió una piedra y se la lanzó, golpeando el ojo de la criatura, quien soltó un rugido estremecedor y se acercó a su presa. Pero su hermano se lanzó al agua y nadó hacia ellos. Tomó la cola de la criatura y esta trató de tragárselo, pero el niño fue más rápido y se alejó, haciendo que la criatura se mordiera su propia cola. Con un grito de dolor, el monstruo se quedó quieto sollozando. Los pequeños aprovecharon la oportunidad y nadaron hacia la orilla.

Recogieron sus cosas y regresaron a casa. Cuando por fin llegaron, encontraron a sus padres, que los estaban esperando y los recibieron con mucho amor. Estaban preocupados, y cuando supieron lo ocurrido, les prohibieron volver a ese lugar. Pero también felicitaron a su hijo valiente, que ese día se convirtió en el héroe de su hermano. Esa noche, mamá preparó su comida favorita y papá les contó una historia de bestias frente a la chimenea encendida.

 Esa noche, mamá preparó su comida favorita y papá les contó una historia de bestias frente a la chimenea encendida

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