Capítulo LVII: Rojo y dorado

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El arco, que antes de irnos estaba adornado con el vibrante verde de las hiedras, ahora está intercalado con hojas de intenso color rojo o dorado. La suave brisa las mece mientras lo atravesamos, como si nos diera la bienvenida, y lleno mis pulmones con ella, dando un profundo suspiro. Denna, a mi lado, camina despacio, mirando a su alrededor como si quisiera asegurarse que todo sigue en su sitio y todos están tal y como los dejamos. Para un humano, los cambios y el paso del tiempo deben resultar increíblemente abrumadores. Para mí, siento que apenas ha pasado un día, quizás unas horas. Si no fuera porque los paisajes comienzan a virar tonalidades, no habría notado cómo el cambio de estación está aproximándose a una velocidad inminente. La misma situación debe ser para los enanos, quienes parecen absortos en sus rutinas diarias, llevando sacos de harina de un sitio a otro, cambiando las decoraciones, barriendo los adoquines, igual que el día en que llegamos, igual que el día en que nos fuimos. Cada uno nos saluda cuando pasamos por la callecita principal, sonriendo y ondeando los brazos, pero todos comparten la misma expresión de sorpresa, como si apenas hubieran notado que nuestra ausencia duró varios días. Reconozco ese tipo de reacción, la he visto miles de veces en mi vida y nunca he tenido que habituarme a ella porque también suelo experimentarla. Pero no los humanos, no Denna. Me preocupa cómo la atravesará esta situación. A veces pienso en los humanos como bebés, incapaces de concebir la permanencia en el tiempo de algo que no contemplan constantemente, como si el hecho de distanciarse fuera a resultar en un olvido colectivo por parte de sus pares.

Un sonido familiar me saca de mi ensimismamiento, uno agudo a niveles que pocas veces he escuchado en la naturaleza: el chillido de alegría de Kelda. El mismo que se le escapó la vez que le llevé un ramo de flores luego de cargar la cubeta con agua, ese que soltó a ver a Denna con su blusa prestada, el que no puede reprimir cuando le contaba historias emocionantes acerca de los elfos.

Viene corriendo hacia nosotros con sus trenzas rebotando sobre los hombros y los brazos abiertos. Así como me sorprendió aquella vez la fuerza de los enanos, ahora mismo me sorprende su velocidad. Un instante y ya está rodeandonos en un abrazo cálido y apretado. Oigo a Denna soltar un sonido de dolor, pero dudo que Kelda pueda oírlo bajo sus propios sollozos y con la cabeza enterrada entre ambos.

—¡Mis niños! ¡Al fin están de vuelta! —levanta la mirada para estudiarnos mientras varias lágrimas ruedan por sus rosadas mejillas. Luego pone una mano en cada uno de nuestros rostros con, debo admitir, poca delicadeza. —¿Se encuentran bien? ¿Están sanos? ¿Han estado comiendo bien? ¡Qué alegría tan grande volver a abrazarlos!

El estómago se me llena de burbujas, haciéndome sentir extraño, y creo que empiezo a entender un poco más el conflicto interno sobre Kelda que Denna no quiere admitir. Yo también extraño a mi madre, y aunque tuve años hermosos junto a ella antes de perderla, nunca fueron suficientes. Nunca lo serían. No se parecía en nada a Kelda, pero su manera de amar era la misma. Y la extraño, la extraño tanto, que su ausencia habita en cada rincón de mi cuerpo como si estuviera grabada en mis huesos.

Le devuelvo el abrazo con mi brazo libre y noto el cansancio volver pesados mis movimientos. Respiro hondo y le dedico una sonrisa genuina.

—Nosotros también nos alegramos mucho de volver, Kelda.

Nos sonríe ampliamente, pero su mirada de cariño se transforma en una de preocupación cuando nota cómo las ojeras permanentes de Denna están más marcadas y sospecho que algo en mi semblante delata mi estado también.

—¿Están bien, mis niños? Lucen... cansados — comparto una mirada cómplice con Denna en la que llegamos al mismo acuerdo.

—Estamos bien, ha sido un largo viaje, eso es todo. —Miente, y me alegra, ya que a mí no se me da nada bien.

Trazando sigilos | #CopaFenix2025Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora