"Aiden siempre fue un niño especial, entre cientos de niños especiales. La primera vez que vi sus ojos grises mirando los míos supe que era el amor de mi vida. Apenas nacer ya sonreía y soltaba risitas; ese sonido llenaba los fríos pasillos del castillo. Verlo corretear de ala a ala, persiguiendo insectos u hojas secas era parte de nuestra rutina. Su cabello plateado ondeando detrás, sus pequeñas botas y su traje de terciopelo azul pintaban la imagen de su futuro. Algún día sería rey de Lusalor, sucediendo a su padre pero rompiendo el esquema de ese milenario reinado. Todos los que conocíamos al pequeño Aiden caíamos a sus pies, era imposible no amarlo. Lleno de bondad y alegría, un rayo de sol que calentaba nuestros corazones. Él, por supuesto, no era consciente de ello. Creía que todos eran así, desinteresados, nobles, amorosos. Le llevo varias décadas notar lo contrario, pero aun así, nunca perdió la pureza de su alma. No dejó que este mundo tan despiadado lo corrompiera como a muchos otros. Él permaneció auténtico y eso lo llevo a rodearse de más amigos de los que cualquiera podría siquiera soñar. Y algunos enemigos también, pero eso no lo descubriría ya hasta segundo siglo de vida donde también conocería los horrores de ser un soldado. La sangre mancharía sus manos, el lodo sus botas, la duda su mente y la culpa su corazón. Para ese entonces, y mucho antes, ya no estaríamos juntos pero siempre me llevaría en su interior, recordándole que siempre será un niño especial, mi niño especial. No hay nadie como él, ni lo habrá en cientos ni miles de años, por eso hoy les ruego humildemente, sálvenlo. Salven a Aiden, salven a mi hijo"
—Mamá —la palabra se escapa de mis labios en un débil aliento. Abro los ojos despacio mientras recuerdo que por protocolo, siempre estuve obligado a llamarle "madre" o "su majestad". Las copas de los árboles se agitan suavemente mientras creo oír su voz envuelta en susurros ininteligibles. Pestañeo una, dos, tres veces obligando a mis ojos a acostumbrarse a la luz. Al respirar ya no oigo el silbido y frunzo el ceño. ¿Acaso estoy más allá de la salvación y estos son mis últimos instantes de vida? No. Es algo más. Le doy la orden a mi cuerpo repetidas veces de que mueva mi brazo antes de lograr sentir los dedos. Después de lo que se siente como una eternidad, logro alcanzar el costado de mi torso, donde deduzco estaba la peor parte de la herida, cerca del pulmón. Con la mano temblorosa, en parte por el cansancio y en parte por el miedo, recorro toda la zona cuidadosamente en busca del orificio por donde se escapa el aire. Pero no hay nada así. Me detengo en una textura que no reconozco y paso las yemas sobre ella mientras me hago una imagen mental. Se siente como una costura rudimentaria, como las que llevan las ropas de los humanos en los pueblos del borde exterior. Puntadas hinchadas con hilos gruesos, solo que estoy seguro de que no hay hilo aquí. Si no fuera porque estoy en el Robledal Esmeralda, creería que estoy loco, pero, se siente como una pequeña vaina, un brote joven y fuerte que entra, sale y se retuerce cerrando el espacio. Sigo su recorrido notando hojitas ínfimas también, tan pequeñas que serían apenas visibles, y se enraiza en la tierra. No me atrevo a arrancarlo ni a moverme. Menos aún porque creo percibir que aún continúa su labor, anudándose lento y con extrema cautela. Entonces, el corazón se oprime en mi pecho como si estrujaran ropa húmeda antes de colgarla al sol. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Dónde está Denna, Nimbus? ¿Se encuentran a salvo? No logro recordar el estado en el que estaban la última vez que los vi. Aprieto los párpados, conteniendo lágrimas de frustración. Quisiera haber aprendido a maldecir correctamente, así al menos podría liberar un poco de la angustia que corroe mi pecho. Abro los ojos nuevamente y el agotamiento vuelve a apoderarse de mí, como si no fuera yo quien habita este cuerpo, sino el cansancio. Lucho por no cerrar los ojos, pero ya no veo las verdes hojas, solo oscuridad. Me siento liviano y pesado a la vez mientras me dejó arrastrar una vez más.
Las rodillas me arden del impacto contra el piso. Me sostengo de la espada clavada firme entre dos adoquines para no desmayarme. No le quito la vista de encima a Trevan que se revuelve y patalea como un niño caprichoso al que le han quitado su juguete favorito. A pesar de que se cubre el rostro con ambas manos, la sangre se escurre por su barbilla manchando su cuello, la armadura y el piso. Hay algo en mis botas, en mis puños. Busco Nimbus con la mirada y lo encuentro aún desorientado por el estallido de luz, trastabillando con todas sus patas, incapaz de ponerse en pie. Me incorporo despacio. Mi cuerpo está entumecido de dolor, no sé cuanto tiempo más soporte en estas condiciones, pero si puedo llevarme a Trevan conmigo me será suficiente. Logro erguirme aún usando la espada de apoyo cuando se descubre el rostro. No ha parado de chillar desde que lo ataque. Me pone la piel de gallina. Al distinguir las consecuencias que dejó su propia espada, mis labios se separan con sorpresa. Un corte atraviesa su rostro desde la cien a la mandíbula transversalmente. Su hermoso rostro, tan delicado y puro, ahora está deformado por carne abierta en un tajo de casi un palmo. Tiene la maldita suerte de que la hoja estaba cuidadosamente afiliada y la herida se ve limpia, casi tan hermosa como él. Me mira con odio a través de sus pestañas, sus ojos grises llenos de furia.
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Trazando sigilos | #CopaFenix2025
FantasiEl tiempo se está acabando para Denna y se queda sin opciones. El rumor de un misterioso nigromante conocido como "El Gris", la lleva a comenzar un viaje a través de las tierras pero se encuentra con un contratiempo: Aiden, un elfo. A pesar de no c...
