Capítulo LXIII: Represalias

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El corazón me late en las sienes, la garganta, la punta de los dedos. Trevan ondea su espada dos veces y la vuelve a apuntar a mí. Estoy segura de que quiere intimidarme. Presumir incluso. Tengo tantas preguntas en la cabeza que no deja lugar a que se cuele un pensamiento bien formado. Por el rabillo del ojo noto que algunos elfos se tensan alrededor de nosotros y nos observan. Si lo que buscan es matarme, perdí esta batalla desde el instante en el que pisé el pueblo.

—¿¡Dónde está!?

Su grito hace que su voz se quiebre y me sobresalto. Los demás se remueven en su sitio ante su estallido.

—Deja de perder el tiempo, Trevan.

Un sonido que me recuerda al viento deslizándose sobre las calles y arrastrando hojas secas, rompe nuestra burbuja. El ambiente se densifica y creo notar que todos los elfos que se hacen a un lado se ponen rígidos. Un elfo enorme me clava los ojos mientras se aproxima con una parsimonia inquietante, como si su armadura no pesara nada. No es como las de los hombres, pesadas y ruidosas, llenas de correas y hebillas que siempre parecen apretar de más o colgar de menos. No, parece hecha a su medida, como si hubiera nacido con ella puesta. Su expresión es relajada, neutral, como si fuera un diplomático discutiendo un asunto aburrido. Es el primero de su raza que conozco con barba y cabello corto. Su aspecto es realmente adulto. Varias arrugas enmarcan sus fríos ojos grises y otras tantas se acumulan en su ceño y frente.

Entre más se aproxima, más detalles noto en el metal tornasolado que lo recubre. A diferencia de lo que alcancé a ver en los demás clones, su armadura está llena de detalles que parecen cuidadosamente trabajados para él, y nadie más que él.

En el pecho, las placas se encajan una sobre otra, como las escamas de un pez, grabadas con marcas tan finas que casi parecen crecer del propio metal. En el centro, un dibujo. Un sol con un ojo en su centro, sus rayos alargados y curvados como llamas. El iris del ojo es de una gema violeta incrustada, pequeña pero increíblemente brillante, y las pestañas se asemejan a elegantes plumas. Cada línea del diseño sobresale apenas, como si hubiera sido tallado, con el filo de una aguja en vez de con un martillo.

Me mira de arriba a abajo y me siento como un insecto en manos de un niño malcriado. Podría aplastarme en cualquier momento si lo quisiera, pero primero me diseccionará y jugueteará con todas mis partes mientras sigo viva.

El sonido de su pesada respiración parece apagar el crujido de la madera y el crepitar de las llamas. Me tiemblan los brazos y las rodillas. Me digo a mí misma que es por el agotamiento, pero la voz detrás de mi cabeza me dice que es terror. Puro y sin diluir. Tiene ese porte que solo lucen los soldados imperiales, los caballeros y los lunáticos.

—Sabemos que el príncipe estaba contigo aquí hace no mucho. Dime donde está y te daré una muerte rápida y honorable. No como a estos medianos.

Se vuelve apenas para echar un vistazo por encima de su hombro hacia la pila de cuerpos y las lágrimas queman detrás de mis ojos, pero me esfuerzo por no dejarlas salir. Suelta una risita por lo bajo y hace una mueca antes de encogerse de hombros y encontrar mi mirada una vez más.

—Habla.

—No tengo idea de lo que me dices. —miento y ni siquiera puedo sonar convincente.

—Sabemos que escapó contigo del campamento y terminaron en este pueblucho. Trevan nos lo contó todo. Ahora déjate de estupideces, quiero volver a Lusalor para la cena.

Lo sabía. Ese maldito bastardo. Sabía que Aiden no debería haberlo dejado ir. Sabía que debería haberlo matado. Sabía que era un error y aun así confíe en el juicio de Aiden en lugar de seguir mis instintos. Todo esto no hubiera pasado si me hubiera dejado atravesar su cabeza con una flecha aquel día. Kelda estaría viva. Aún tendría una familia. Aún tendría un hogar.

Trazando sigilos | #CopaFenix2025Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora