Eterna en mi alma

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Mina fue, es, y siempre será el amor de mi vida. Lo supe desde el primer momento en que la vi, incluso antes de saber que eso era posible. Yo tenía catorce años cuando la vi por primera vez en la preparatoria, y aunque no lo comprendía del todo, algo en mí cambió. Ella era diferente a cualquiera que hubiera conocido antes. No fue solo su apariencia —aunque sería mentir decir que no me impactó desde el principio—, sino algo en la forma en que se movía, como si cada paso estuviera perfectamente calculado, pero a la vez despreocupado.

Era imposible no fijarse en ella. Desde el primer día, todas las miradas giraban hacia Mina, y no solo por su belleza. Era popular, simpática, con una sonrisa que iluminaba la habitación. Tenía ese tipo de carisma que hace que todos quieran estar cerca de ella, incluido yo. Pero había un problema: ya tenía novio. Era un chico del mismo año, guapo, atlético, y, según los rumores, el chico perfecto. Lo veía caminar con ella, tomados de la mano, y sentía un nudo en el estómago, como si algo dentro de mí supiera que esos dos nunca deberían haber estado juntos.

Aun así, ¿qué podía hacer yo? Apenas hablábamos. A veces la saludaba en los pasillos, y aunque su sonrisa era amable, nunca duraba lo suficiente. Éramos parte de dos mundos distintos, y aunque estábamos bajo el mismo techo, nuestras vidas parecían correr en líneas paralelas, sin posibilidad de cruzarse.

El primer año de preparatoria pasó rápido, y antes de darme cuenta, estaba completamente resignada a que Mina nunca me vería de otra forma. De vez en cuando me sorprendía mirándola en clases, observando cómo sus dedos se deslizaban sobre su cuaderno mientras tomaba apuntes, cómo fruncía el ceño cuando algo no le salía bien. Había momentos en que fantaseaba con la idea de ser yo quien la ayudara, quien estuviera a su lado. Pero esos pensamientos nunca iban más allá de un suspiro.

Los años pasaron, y la rutina de la preparatoria se volvió predecible. Mina y su novio seguían juntos, y parecía que nada podía romper esa imagen perfecta. Siempre los veía en el patio, sentados bajo el mismo árbol, él con el brazo alrededor de sus hombros, ella recostada en su pecho. Al principio, me dolía verlo. Pero con el tiempo, aprendí a enterrar ese dolor. ¿Qué más podía hacer?

Fue en el último año de preparatoria cuando todo cambió. Faltaban pocos meses para la graduación, y de repente, todo el colegio hablaba del mismo rumor: el novio de Mina la había engañado con su mejor amiga. Recuerdo la primera vez que lo escuché. Estaba en la cafetería, sentada con mis amigos, cuando una chica de una mesa cercana soltó la bomba.

—¿Escucharon lo de Mina? —dijo con la voz baja, aunque lo suficientemente fuerte como para que todos la escucharan—. Su novio estuvo con otra. ¡Con su mejor amiga!

Mis manos se tensaron sobre la bandeja. Era imposible no sentir una punzada de satisfacción al saber que su relación no era tan perfecta como siempre había parecido. Pero al mismo tiempo, me dolió por ella. Mina no merecía pasar por algo así. Me la imaginaba destrozada, tratando de mantener las apariencias mientras su mundo se desmoronaba.

Pasaron unos días antes de que la viera en persona. Había esperado encontrarla con los ojos rojos, llorando en los pasillos, pero cuando finalmente la vi, caminando hacia su clase como si nada hubiera pasado, me quedé sin palabras. Se veía... bien. No solo bien, se veía increíblemente tranquila. Sonreía, como si el peso del mundo se hubiera levantado de sus hombros. No lo entendí. ¿Cómo podía estar tan en paz después de lo que había sucedido?

Unos meses después, durante una de nuestras primeras conversaciones serias, cuando Mina y yo ya éramos más cercanas, me explicó todo. Nos habíamos encontrado en la cafetería de la universidad, ella con su habitual café con leche y yo con mi expreso, y de repente, surgió el tema de su ex.

—¿Sabes? —dijo, revolviendo el café con una cuchara—. Cuando me enteré de lo de él y mi amiga, pensé que iba a sentirme devastada. Todo el mundo lo esperaba. Pero... —hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente las palabras— me sentí libre.

One Shots | Michaeng Donde viven las historias. Descúbrelo ahora