Mina vivía oculta entre los humanos, como todos los vampiros. En la actualidad, ya no había castillos aislados ni mansiones en bosques oscuros; los vampiros habían aprendido a mezclarse con la sociedad humana para sobrevivir. Eran un mito, una leyenda relegada a historias de terror y novelas góticas. Nadie creía en ellos, y así era mejor.
Su hogar era un discreto apartamento en una ciudad cualquiera, con paredes de colores neutros y muebles que no destacaban. La única extravagancia era una pequeña colección de arte antiguo que había acumulado a lo largo de los siglos, pero incluso eso lo tenía bien oculto. Mina trabajaba como curadora en un museo local, lo que le permitía justificar sus conocimientos sobre historia y arte sin levantar sospechas. En el mundo humano, era simplemente una mujer tranquila, reservada, cuya belleza elegante llamaba la atención pero que siempre mantenía una distancia educada con los demás.
Los vampiros, como especie, se protegían entre ellos. Las reglas eran claras: no llamar la atención, no cazar humanos innecesariamente, y evitar revelar su verdadera naturaleza a toda costa. En esta era moderna, los bancos de sangre clandestinos y los sustitutos artificiales habían eliminado casi por completo la necesidad de cazar, y Mina seguía esas reglas al pie de la letra. Después de todo, había pasado siglos esquivando cazadores y ocultándose en las sombras; sabía cómo sobrevivir.
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La noche era tranquila, con la luz de la luna colándose suavemente a través de las cortinas del elegante pero sobrio apartamento de Mina. Ella estaba en la sala, hojeando un libro que llevaba décadas sin leer, mientras una taza de té humeaba sobre la mesa junto a ella. Su vida entre los humanos, aunque solitaria, era predecible y segura. Todos los vampiros lo hacían así, ocultos en la rutina diaria, pasando desapercibidos en un mundo que ya no creía en su existencia.
El sonido de pasos apresurados en el pasillo la sacó de su concentración. Se tensó ligeramente, sus sentidos vampíricos agudizándose. Cuando la puerta de su apartamento se abrió de golpe, Mina dejó el libro sobre la mesa, poniéndose de pie con una rapidez que ningún humano podría igualar.
—¡Mina! —gritó Sana, entrando como un torbellino, su cabello castaño ondeando mientras cerraba la puerta tras de sí.
Mina frunció el ceño, su mente ya pensando en escenarios peligrosos. —¿Qué haces entrando así? ¿Qué pasó?
Sana, jadeando levemente, la miró con una expresión grave, sus ojos oscuros llenos de lo que parecía ser preocupación. —Nos descubrieron.
El corazón de Mina, aunque técnicamente muerto, se sintió como si hubiera dado un vuelco. Su cuerpo se tensó aún más, y sus ojos rojos brillaron levemente mientras trataba de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó en voz baja, su tono helado—. ¿Cómo es posible? Nadie cree en nuestra existencia.
Sana dio un paso hacia ella, con una expresión aún más sombría. —No sé cómo, pero lo saben. Te lo juro, Mina. Te han visto. Saben quién eres.
Mina sintió que una oleada de adrenalina, o lo más cercano que podía sentir a eso, recorría su cuerpo. Dio un paso hacia Sana, sus manos apretadas en puños. —¿Quién lo sabe? ¿Qué hiciste para que nos encontraran?
Sana sostuvo su mirada durante un momento... y luego, de repente, estalló en una carcajada.
—¡Dios, Mina! ¡Tu cara fue épica! —exclamó, riendo tanto que tuvo que apoyarse contra la pared.
Mina la miró incrédula, el miedo convirtiéndose rápidamente en irritación. —¿Qué? ¿Era una broma?
Sana apenas podía hablar entre risas. —¡Claro que sí! Nadie nos ha descubierto. Pero deberías haber visto cómo te pusiste, como si estuvieras lista para luchar contra un ejército.
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One Shots | Michaeng
FanfictionPequeñas o largas historias de nuestro ship favorito michaeng! ¡One shots! (Historias de un solo capítulo) - Adaptaciones no permitidas sin mi permiso
