La casa olía a canela y a recuerdos.
Chaeyoung se despertó como lo había hecho cada mañana durante los últimos cuarenta y siete años: girando ligeramente hacia la izquierda, buscando el calor del cuerpo que siempre había estado allí.
Su mano encontró sábanas frías.
El recuerdo llegó como un latigazo, pero también como una caricia. El funeral había sido tres días atrás. El jardín aún estaba lleno de flores que la gente había traído. La nevera seguía llena de comida que nadie comería.
Mina ya no estaba.
Chaeyoung se incorporó lentamente, sus huesos protestando con el movimiento. Tenía setenta y nueve años, pero esa mañana se sintió como si tuviera mil. Miró la fotografía en la mesita de noche: Mina a los veinticinco, riendo bajo el sol de primavera, sus mejillas sonrosadas y sus ojos en forma de media luna.
—Buenos días, mi vida —susurró Chaeyoung, acariciando el marco de madera.
No hubo respuesta. Nunca la habría.
Y aun así, no podía dejar de hablarle.
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La casa era demasiado grande ahora. Habían comprado aquel pequeño bungalow de dos habitaciones cuando tenían treinta y dos años, recién casadas, con el pelo lleno de sueños y las manos vacías de dinero, pero llenas de promesas. Chaeyoung recordaba a Mina girando en la sala vacía, sus pies descalzos marcando giros imaginarios sobre el suelo de madera.
—¿Te imaginas? —había dicho Mina, con esa luz especial en los ojos—. Aquí pondremos nuestras plantas. Allí tu estudio para pintar. Y esta pared... esta pared será para las fotografías.
Chaeyoung se apoyó en el marco de la puerta de la cocina y observó la pared del pasillo. Ciento treinta y siete fotografías. Desde su primer año de novias hasta el último verano. Mina en París, Mina en la playa, Mina regando sus orquídeas, Mina leyendo en el sillón con gafas de lectura, Mina con el pastel de cumpleaños número setenta en la cara.
Chaeyoung sonrió a pesar del nudo en la garganta.
—Eras tan hermosa —dijo en voz alta, para nadie.
El silencio fue su única respuesta.
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Los días siguientes se convirtieron en una bruma gris. Chaeyoung se levantaba, preparaba café para dos y luego miraba la segunda taza enfriarse sobre la mesa. No podía tirarlo. No podía beberlo. No podía hacer nada con ese café, igual que no podía hacer nada con el resto de su vida sin Mina.
El miércoles de la segunda semana, Chaeyoung estaba sentada en el porche delantero con una manta sobre las piernas, mirando el jardín que Mina había cuidado durante décadas. Las rosas trepadoras necesitaban poda. El césped estaba demasiado alto. Las hortensias moradas que Mina amaba comenzaban a marchitarse.
—No sé cómo cuidarlas —confesó Chaeyoung a las flores—. Siempre fuiste tú la que...
—¡Señora Son!
La voz interrumpió sus pensamientos. Chaeyoung levantó la vista y vio a una chica de unos quince o dieciséis años, con el pelo recogido en una cola de caballo alta y una bicicleta roja apoyada contra la verja del jardín. Llevaba una mochila de lona desgastada y unas zapatillas que habían visto días mejores.
—¿Sí? —preguntó Chaeyoung, parpadeando para enfocar la vista.
La chica sonrió, mostrando unos hoyuelos en las mejillas.
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One Shots | Michaeng
FanfictionPequeñas o largas historias de nuestro ship favorito michaeng! ¡One shots! (Historias de un solo capítulo) - Adaptaciones no permitidas sin mi permiso
