cuarenta y ocho.

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—Y mira dónde terminamos.

Me río bajito, acurrucándome más contra su pecho desnudo. El calor de su piel es todo lo que necesito mientras ajusto las cobijas para taparnos mejor. 

—Si hubiera sabido, habría venido el día después de que nos peleamos, chiquita. 

Le doy un golpe ligero en el hombro, divertida. 

—Abrázame, tengo frío —le pido, mi voz suave. 

Él sonríe y pasa sus brazos por mi cintura, pegando su mandíbula contra mi frente. Su aliento cálido acaricia mi piel. 

—Ay, mi amor... cómo soñé tantas veces con este momento —dice con voz ronca, casi un susurro—. Pero pensé que ya no se me iba a hacer. 

—Yo también... te extrañé tanto. 

Inclina la cabeza y besa mi frente con ternura. 

—Yo a ti —responde, su voz baja—. Extrañé tus besos, tus mensajes, tocarte así... 

Su mano sube hasta mi pecho, y no puedo evitar reír mientras lo aparto. 

—Ya, ya, fue mucho. 

Él sonríe, y sus ojos, pesados de sueño, se clavan en los míos por un segundo más antes de cerrarse lentamente. Me quedo callada, escuchando su respiración volverse más profunda y lenta. 

Por fin siento mi corazón ligero. No había tenido un momento así de tranquilo en meses. Por primera vez en mucho tiempo, mi mente estaba en silencio. 

Gabriel: 

Despierto cuando el sol apenas comienza a colarse por las cortinas. Mar está acurrucada a mi lado, dormida, su respiración suave y constante. Me inclino y dejo un beso ligero en su frente antes de intentar levantarme. 

—No te vayas —murmura de repente, aún dormida. 

Me congelo. Sé que no está despierta, pero su voz suena tan dolida que me desarma. 

—Shh, aquí estoy, amor —le susurro, intentando calmarla, pero ella se queja entre sueños. 

—Por favor... —sus palabras son apenas audibles, pero su expresión cambia, relajándose solo cuando me acomodo otra vez a su lado. 

La ternura me invade mientras la miro. Para mí, ella siempre había sido mi muñequita, mi maldita debilidad. Desde que éramos amigos, hacía lo que fuera por verla bien. Me estremecía pensar en cuánto tiempo había estado sola. 

Miro alrededor de su cuarto, buscando algo familiar, algo que me diga que está bien. Todo parece igual, pero entonces mi mirada cae en el buró: pastillas. 

Frunzo el ceño mientras las tomo con cuidado. Qué verga es esto? Busco en Google y el nudo en mi estómago se aprieta: antidepresivos. 

Las dejo en su lugar, pero mi cabeza no para. Por qué no me llamó? ¿Por qué no me dijo nada?

Me quedo un rato ahí, perdido en mis pensamientos, hasta que Mar se remueve. 

—Buenos días, chula —le susurro, llenándola de besos en la mejilla. 

—Hola... —bosteza, entreabriendo los ojos. 

Quiero preguntarle.Puta madre, quiero preguntarle todo. Pero no sé cómo empezar, así que elijo callarme. 

—¿Ya te vas a ir? —pregunta, su voz aún adormilada. 

La abrazo, acariciando su carita con mi mano. 

—¿Quieres que me vaya? —le pregunto bajito. 

Niega con la cabeza, sus ojos todavía cerrados. 

—Tenía meses sin dormir tan rico... —me dice, acurrucándose más contra mí. 

Sonrío, besándole la frente. 

—Oye... 

—¿Mmm? 

—Tenemos que hablar, amor. 

Ella abre los ojos y me mira, su expresión cambiando. 

—Hay muchos días para hablar. 

—Maressa —la regaño suavemente. 

—¿Y si nos volvemos a pelear? —me pregunta con un tono vulnerable que me rompe. Sus enormes ojos oscuros me miran con tanto amor que siento cómo mi corazón se aprieta. 

—No nos vamos a pelear, te lo juro. 

Saca una mano de la cobija y estira su dedo meñique. Lo entrelazo con el mío sin pensarlo. 

—Pero, Mar, tenemos que hablar sí o sí. No podemos regresar así como si nada. 

—¿Por qué no? —protesta, haciendo un puchero. 

—Porque terminaríamos igual —le digo, acariciándole el cabello—. Hay cosas que tenemos que arreglar. 

—Bueno... —me mira de reojo—. Empecemos con la morra esa. 

Suelto una carcajada. 

—Luego, luego, Maressa —le digo, tomándola de la cintura—. ¿Por qué mejor no hablamos del Oscar? 

Rueda los ojos, negando con una sonrisa pequeña. 

—De verdad no quiero hablar, amor. 

—¿Por qué dije lo del Oscar? —pregunto, fingiendo drama. 

Ella se ríe, pero su expresión cambia al abrazarme con fuerza. 

—Es que tenía meses sin sentir tanta paz —me confiesa—. Quiero que este momento dure lo más que se pueda. 

Sonrío y llevo una mano a su nuca, acariciándola suavemente. 

—Está bien, chula. Entonces bésame. 

Ella sonríe y me besa, suave y lento, pero después se separa. 

—Solo si quiero decirte una cosa...

—¿Qué pasa? 

—Perdón. 

Frunzo el ceño, confundido. 

—Perdóname, amor —me pide, sus ojos buscando los míos—. No juzgues el amor que siento por ti por los últimos meses. 

Su voz se quiebra un poco, pero continúa. 

—Yo estaba muy mal, hundida, y no supe cómo reaccionar. Pero tú no merecías nada de eso... Yo te adoro. 

Pasa una mano por mi cabello mientras suspira, intentando contener las lágrimas. 

—Perdóname por esperarme hasta ahora para darme cuenta de que mi verdadera familia eres tú. Siempre has sido tú.

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⏰ Última actualización: Dec 07, 2024 ⏰

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fendi;gabito ballesterosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora