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La primera brisa nocturna que se filtró en el subterráneo me trajo un alivio inesperado, un recordatorio de que el mundo no terminaba allí, en ese lugar oscuro y opresivo. Miré a mi alrededor, apenas reconociendo el caos y la destrucción que había quedado atrás tras nuestro enfrentamiento con Overhaul. Aquel laboratorio había sido una fortaleza de sombras, un santuario de secretos crueles y de sufrimiento. Lo que habíamos visto allí dentro, lo que Eri había vivido, era algo que nadie debería experimentar jamás. Mis piernas se sentían pesadas, como si todo el esfuerzo de la batalla me alcanzara en ese momento. Pero el peso más grande no era el cansancio físico; era el peso de lo que habíamos presenciado, de lo que habíamos rescatado, y del miedo que aún podía percibir en el aire.
Deku, Shoto, Bakugo, Touya y yo formábamos un círculo protector alrededor de Eri, quien permanecía aferrada a Deku, buscando en él un ancla, algo que le recordara que la pesadilla había terminado. Pero sus ojos aún reflejaban el horror que acababa de dejar atrás. Su mirada se encontraba con la mía de vez en cuando, y en su expresión veía un cúmulo de emociones que me desgarraban: miedo, desconfianza, un intento de esperanza. Cada mirada me recordaba que, aunque habíamos ganado la batalla, el camino para ella apenas comenzaba.
Avancé lentamente hacia Eri, cuidando que mis movimientos fueran suaves, casi como si me acercara a una criatura frágil y asustada. Me arrodillé frente a ella, ignorando el polvo y los restos en el suelo, y tomé su manita en la mía, que temblaba apenas perceptiblemente.
—Eri — le hablé con una voz baja, tratando de infundirle toda la calma que sentía por Touya a mi lado —, estás a salvo ahora. Hemos venido por ti, y nadie, absolutamente nadie, te volverá a hacer daño.
Eri observó mi mano, y vi sus dedos temblorosos aferrarse con fuerza a la de Deku, sin soltarlo del todo. Se aferraba a él como si soltarlo significara que se esfumaría. Me hizo pensar en lo sola que debía haber estado, lo mucho que alguien había destruido su confianza en los demás. Yo también había sentido alguna vez el dolor de estar sola, de luchar por mí misma y de no saber en quién confiar. No eran lo mismo, pero entendía algo de lo que pasaba por su mente.
Touya se acercó y puso su mano en mi hombro. Su toque fue suficiente para recordarme que no estaba sola en esto. Sentí su fuerza, su calidez, y en ese instante, comprendí cuánto había cambiado. El hombre que estaba a mi lado no era solo un héroe; era alguien que, como yo, cargaba con sus propias heridas y traumas, pero estaba dispuesto a enfrentar el mundo por quienes amaba. Miré hacia él y encontré en sus ojos una mezcla de determinación y ternura que me llenó de paz. Me reconfortaba saber que estaba allí, y su silencio compartido me hacía sentir que podíamos superar cualquier obstáculo, incluso el dolor tan profundo que había en los ojos de Eri.
—Tenemos que movernos — dijo Touya finalmente, su voz baja y tranquila, aunque cargada de preocupación —. Todavía podrían quedar secuaces de Overhaul por aquí. No estamos completamente seguros.
Asentí y me puse de pie, extendiendo una mano hacia Eri. Ella levantó la mirada, evaluándome una vez más, como si se debatiera entre aceptar o retraerse de nuevo. Le sonreí suavemente, dejándole ver que yo también había sido lastimada, que también llevaba cicatrices, aunque invisibles. Como si entendiera algo de lo que intentaba transmitirle, Eri finalmente soltó la mano de Deku y agarró la mía con sus dedos pequeños y fríos. En ese momento, mi corazón se rompió y se reconstruyó a la vez. Era solo una niña, tan vulnerable e indefensa, y había tenido que soportar tanto. Sabía que protegerla ahora era una responsabilidad que llevábamos no solo como héroes, sino como personas.
Nos movimos en fila, rodeándola como un escudo. Deku, Shoto y Bakugo caminaban al frente, alertas, preparados para cualquier posible amenaza. Yo iba al lado de Eri, sosteniendo su mano con suavidad, como si de alguna manera mi agarre pudiera ofrecerle seguridad. Sentía que cada paso era una marcha hacia una nueva esperanza para ella, aunque sabía que sería un proceso largo. Su fragilidad y su miedo estaban ahí, visibles, pero también había una chispa de fuerza. Una chispa que me inspiraba a seguir adelante.
Touya caminaba detrás de mí, y a cada paso podía sentir su mirada en mí y en Eri. Él era el vigilante de nuestro pequeño grupo, la última línea de defensa. Aunque sabía que estaba observando los alrededores, también sentía que nos observaba a nosotras, protegiéndonos, asegurándose de que estábamos bien. Esa mezcla de seriedad y ternura era tan única en él, y me hacía sentir tan conectada a su esencia. Había momentos en los que pensaba en lo mucho que habíamos cambiado juntos, en cómo nuestras heridas se habían sanado en parte gracias a nuestra relación. Ahora, estaba dispuesta a luchar por Eri de la misma forma.
Finalmente, alcanzamos la salida, y el aire fresco de la noche me golpeó el rostro. Aquella bocanada de aire fue como un renacer, un recordatorio de que estábamos de vuelta en el mundo, alejándonos de las sombras. El cielo estrellado se extendía sobre nosotros, silencioso y vasto, como si quisiera limpiar cada sombra de nuestra alma. Respiré profundamente, sintiendo cómo el cansancio y la tensión se disolvían en el frío. Eri también parecía afectada; su cuerpo aún estaba rígido, pero podía ver un atisbo de alivio en su rostro. No todo estaba perdido. Tal vez, después de todo, había esperanza.
Me arrodillé frente a Eri una vez más, buscando sus ojos.
—Ya pasó — le dije en un susurro suave, permitiéndole escuchar la promesa en mi voz —. Te vamos a proteger. Nadie volverá a lastimarte, Eri. Tienes a todos nosotros ahora.
Eri me miró, y por un momento, sus ojos vacilaron. Entonces, como si las últimas barreras de su mente se rompieran, dejó caer su cabeza y las lágrimas empezaron a caer. Era un llanto silencioso, apenas perceptible, pero en cada lágrima podía sentir el peso de lo que había soportado, el dolor que había contenido. Las lágrimas que no había derramado durante todos esos años ahora caían una a una, liberándose como una tormenta contenida. Mis ojos se nublaron mientras veía el sufrimiento de aquella pequeña vida, y sin pensarlo, me incliné y la abracé suavemente. La rodeé con mis brazos, dándole un lugar seguro donde llorar.
Touya se acercó entonces, poniendo una mano en mi hombro con delicadeza. Era como si quisiera transmitirnos su fuerza y su paz. Al levantar la vista, encontré en sus ojos un amor que me fortalecía, que me decía que no estaba sola en esto. Sabía que él también estaba viendo en Eri una parte de sí mismo, una parte que entendía el dolor y el miedo. Ver a Touya tan comprometido, tan protector, me hizo sentir una gratitud indescriptible. Aunque no necesitaba palabras, el silencio compartido entre nosotros hablaba de una promesa. Estábamos allí para Eri y para todos los que nos necesitaban.
Deku rompió el silencio, su voz suave y firme. —Eri, te llevaremos a un lugar seguro. Puedes confiar en nosotros.
La niña asintió lentamente, limpiándose las lágrimas con una de sus pequeñas manos antes de tomar la de Deku nuevamente. En su gesto había una fragilidad, pero también una chispa de algo nuevo. Me conmovió ver esa fuerza surgir en ella, ese pequeño rayo de esperanza en medio de la oscuridad.
Mientras caminábamos hacia el exterior, con el cielo estrellado sobre nosotros, sentí cómo Touya entrelazaba sus dedos con los míos de forma discreta, como si fuera un secreto compartido entre nosotros. Aquella conexión, tan íntima y tan única, me llenó de calidez. Nos habíamos encontrado y sanado mutuamente, y ahora, juntos, podíamos ofrecer esa sanación a alguien más. Miré al cielo una vez más, agradecida por este momento de calma, por esta oportunidad de traer algo de luz a un mundo tan lleno de sombras.
Sabía que el camino sería difícil, que el pasado de Eri no desaparecería en un instante. Pero mientras Touya estuviera a mi lado, mientras nuestros amigos continuaran luchando, estaba segura de que podríamos ayudarla a encontrar una nueva vida, una nueva oportunidad de ser feliz.