|Capitulo 03

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03|LA CHICA NUEVA

|LYSANDER|

La cabeza me iba a estallar.

Mis ojos pesaban y mis tímpanos dolían.

Era el comienzo de un nuevo año escolar. Ya sentía, sin tratar de sonar dramático, que mi cuerpo quemaba y mis entrañas ardían. Muchos están ansiosos por volver a reencontrarse con sus amigos y contar todo lo que hicieron en las vacaciones de verano. Lo menciono por las publicaciones sin sentido que varios de mis compañeros suben a sus redes sociales.

Para mí se define cómo el comienzo del infierno. Si el infierno existe es la Academia Armagh. Por suerte solo debía de sobrevivir este último año escolar para luego largarme a la Universidad y no volver a ver la cara de sapo de la profesora de Literatura o las arrugas del Director Finn —que la mayoría del tiempo detallo con más detenimiento porque vivo más dentro de su oficina que en clases—. Sin embargo, conociendo a mis padres y sabiendo lo intensa que puede ser mamá lo mejor es no causar problemas en este año.

Algo que es imposible de cumplir.

Lo más seguro es que me llevaré muchos sermones de mi padre —nada se lo toma en serio y solo se va a reír de mis desgracias en mi cara—, y los insultos de mamá. Esos sí son brutales.

Mi dolor de cabeza por otra parte, no se debe al comienzos de las clases. He vivido con constantes migrañas por el estrés que implica estar en un mundo cómo lo es ser modelo de Versace.

Desde muy pequeño me han gustado las fotografías, ser el centro de atención, y la sensación de ser admirado por los demás. Yo siendo un niño de tan solo diez años de edad no tenía idea en lo que me estaba involucrando, cavé mi propia tumba. Nadie se imagina lo que hay detrás de las cámaras. Las largas horas de sesiones, los cambios de vestuario, las dietas estrictas y, sobre todo, la presión de mantener una imagen perfecta.

Mi abuelo Aurelio Marchetti en ese entonces me pintó un mundo lleno de colores, muy distinto al gris que conozco, mis padres nunca estuvieron de acuerdo de que yo estuviera envuelto en el mundo de la moda. Ahora lo comprendo y me lamento internamente. Pero no quiero decepcionar a mi abuelo, él está muy orgulloso de lo que he logrado.

Tengo miedo al fracaso y al olvido.

Mi cuerpo llora en agonía.

Mi abuelo me ha obligado a vomitar la comida que ingiero para mantenerme en forma. No puedo subir ni bajar mi peso ya que dañaría mi imagen y, con ello, mi carrera. A pesar de lo que muchos piensan, no todo es brillo y glamour. Es un juego cruel donde la apariencia lo es todo, y cada kilito de más se convierte en una sentencia de muerte social.

Estoy empezando a odiarme y a odiar mi cuerpo.

Odio que todos me quieran solo por tener una cara bonita.

Nadie puede ver más allá de lo que realmente soy.

Todo por culpa de Aurelio Marchetti.

Si les cuento a mis padres los voy a decepcionar, o es lo que pienso. No quiero hacerlo y por ello callo. La única persona que, se percataba de mi castrosa situación era mi ex-mejor amigo Ziran, al que todavía sigo creyendo que volveremos a ser esos amigos que parecían hermanos.

«La apariencia lo es todo».

«Te quieren por el dinero de tu familia y la posición que posees».

«Solo soy un títere que se mueve a las instrucciones de otros».

Y no saben cuánto duele.

Mi estómago ruge hambriento, para consumir una comida insípida y sin sabor prefería saltarme el desayuno. Pero no todas las veces lograba saltarlo porque mi madre me obligaba a comer sí o sí o ella misma me metería la comida a la boca, no quería llegar a semejantes extremos.

Nuestro Caos (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora