|Capitulo 26

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Dejen su presente.

Júrame que no tendré que arrepentirme de entregarte hasta el alma. - Juan Ardini.

26 | MI MUSA

|MATHEUS|

Lo primero que hice al bajar del auto fue correr por los escalones de mi casa y cruzar la puerta. Las lágrimas tenían una danza para ver cuál se desplazaba más rápido que la otra. Me golpea una lluvia de sensaciones agridulces, sentimientos y emociones de tristeza, dolor y arrepentimiento que no creía tener. Sangraba por dentro.

—¡Matheus, detente! —ruge mi padre. Lo ignoro y me desplazo a mi habitación.

Todos lo saben.

Todos saben la clase de bestia que soy.

Nadie me va a querer. Me van a odiar, ya me odian, me detestan por culpa de mis acciones.

Azoto la puerta; la madera cruje y resuena en las cuatro paredes que retienen el aire fresco. Me quedo suspendido a mitad de mi habitación, sin mover un músculo. No supe cuántos segundos, minutos, incluso podría decirse horas, estuve de pie. Mis manos presionan los sonidos ahogados que salen de mi garganta para no alertar a Finneas. La última vez que lloré fue a la edad de once años y no me fue nada bien; él me pegó con un látigo por la espalda hasta meterme la idea en la cabeza de que los hombres no lloran.

Esta vez no puedo contenerlo: lloro, golpeo mi cabeza con mis puños y grito, grito todo lo que he mantenido guardado durante estos años.

Libero a la bestia que tengo atada dentro, que aprendí a domar en mi crecimiento. Llegué a mi buró lanzando las hojas de las cartas que le escribía a Gabriella en plena madrugada, en aquellos días que vivía de la ilusión de tener una vida normal como el resto de mis amigos.

Spoiler: "mis amigos" ahora me consideran su enemigo, como yo mismo me considero.

Hinco mis piernas y volteo el sillón que hace juego con el resto de mi habitación. Estampo mi celular contra la pared; este no se revienta en el acto, por lo que lo agarro a patadas. La pantalla se quiebra y con ella mi corazón. En ese celular guardaba varios de mis recuerdos con ella. Con Gabriella. Nada calma mi furia; la decepción y la humillación siguen intactas. El dolor no se alivia desatando mi rabia en mis objetos de alto valor.

Mis nudillos sangran, pero no me contengo; estrecho mi puño contra el vidrio del espejo. Fragmentos de cristal vuelan a mi alrededor, caen en mi cabello, en mis brazos, y gotas de sangre se esparcen en el lavabo del baño. ¡Maldita sea!

El dolor sigue persistente.

Yo confié en él.

Yo confié en Aidan.

Lo esperaba de alguien más que no fuera él.

¿No teníamos una amistad como de hermanos? ¿O yo me inventé una amistad que nunca existió?

Me duele mucho. Mi corazón duele. Grito con todas mis fuerzas reunidas, emito de mi garganta sonidos elevados para desgarrar mis cuerdas vocales y dañar mi capacidad de hablar. Sé que esto es imposible. Por lo mínimo, quedaré ronco.

Caí de rodillas abrazando mi cuerpo; tiemblo, caigo boca abajo y con mi brazo me cubro los ojos. Logro arrastrarme a la única fotografía enmarcada que quedó intacta; es de mis papás. Pude conseguir una foto de ellos. Lo único que considero que vale más que millones de dolores, quilates de oro y el más hermoso diamante.

Abrazando la fotografía sobre mi pecho, los sollozos me sacuden violentamente.

—Yo me quiero morir —balbuceo.

Nuestro Caos (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora