|Capitulo 30

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Dejen su presente.

30 | EVENTO

|EIDEN|

Conocí a Azazel Marchetti en mi primer año en la academia Armagh.

Al principio, creí que era un chico tímido, de poco hablar y reservado. Conforme lo fui conociendo y profundizando nuestra amistad que surgió de una forma extrañamente única, supe que él tenía dos personalidades: una que sacaba cuando estaba en confianza y otra, al sentirse incómodo e inseguro. Su personalidad reservada solía mantenerla como una fachada para que no supieran que, debajo de todo ese caparazón rudo, había un chico con una hermosa sonrisa capaz de iluminar el rincón más oscuro, como lo hizo con mi vida. Llegó en el momento perfecto, justo cuando estuve a punto de colapsar y perder la batalla en contra de esos pensamientos que me susurraban al oído que "me quitara la vida" y que "no servía de nada".

Hay personas que creen que aquellas que toman la decisión de acabar con su existencia lo hacen por cobardía, sin saber que detrás hay una lucha constante por continuar sin sentirse inútil o sin ser un estorbo para otros e incluso, para uno mismo.

Azazel me ayudó a refugiarme en él. Sin verlo venir, se convirtió en mi escape de la realidad.

Y yo, para él, era esa otra pieza que estaba buscando. Nos complementamos a la perfección.

Suele decir que sus hermanos tienen talentos, y que él no. Lysander le apasiona patinar sobre el hielo y dibujar y pintar retratos; a Juliet le encanta tocar instrumentos, como el violín y el piano. Azazel es más de estar en la cocina ayudando a su madre a preparar tortas de chocolate. Podría decirse que es su pasatiempo favorito.

En mi primer día de clases en la academia, me perdí; esa institución era peor que un laberinto: había muchas aulas, muchos pasillos y muchas escaleras que te transportaban a otro piso. No lo hice intencionalmente, pero terminé en el baño de chicos. Cuando entré, la frustración escalaba a niveles imaginables. Vaya primer día; di una mala impresión. Estaba molesto conmigo, con mi hermano por dejarme solo; se escabulló entre los demás estudiantes y no supe más de él. El odio hacia mi padre era un sentimiento que no cesaba. Yo quería irme a estudiar a un instituto normal, a donde se fueron el resto de mis amigos. Pero no, a mi padre se le ocurrió la maravillosa idea de inscribirnos en la academia donde mi madre fue profesora.

Una risita acompañada de un jadeo me puso en alerta; supe que provenía de uno de los chicos dentro del cubículo. Me sorprendió lo limpio y pulcro que lucían los baños. En mi anterior escuela, estos lugares eran los centros perfectos para garabatear chismes e insultos dirigidos a otros estudiantes. Ignoré el malestar que se arremolinaba en mi estómago y arrastré mis pies al lavabo más cercano, abrí la llave y mojé mis manos y mi rostro en el proceso. La puerta del cubículo se abrió y allí estaba él, Azazel Marchetti. Quise pasar desapercibido; no me había notado porque, ejem... pasaba su lengua de arriba a abajo por la extensión del cuello de otro chico, uno pelirrojo, unos centímetros más bajo que él.

Retrocedí un paso, luego otro, otro y otro. Perfecto, giré hacia la salida, pero alguien carraspeó a mis espaldas. Me congelé.

—Hola —dice con una sonrisa encantadora, extendiendo su mano en mi dirección.

—Hola —susurro de vuelta, sin tomar su mano. No era por querer ser grosero; fue por los nervios, pensaba que, al presenciar la "escena" de ambos chicos, creía que buscarían un motivo para manipularme y hacerme cerrar la boca.

—¿Cómo te llamas?

—Eiden —murmuro en un hilo de voz agudo, ese tipo de voz que se rompe al final por las ganas de llorar. Venía de un hogar violento; a la mínima provocación reacciono con miedo, con la necesidad de protegerme a mí mismo.

Nuestro Caos (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora