|Capitulo 18

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Lean la nota al final.

18| BONITA CASUALIDAD

|AILEEN|

Con los huesos entumecidos, no podía creer que lo que Matheus decía con descaro fuera cierto.

Tiene que ser una broma.

El Padre Da... No... No es verdad.

Matheus había ordenado a los tres hombres que lo acompañaban que lo dejaran a solas, solo conmigo. Él y yo. Solos.

Luché contra mis instintos, mis sentidos y todo lo que me caracteriza para guardar la calma y no romper en llantos. La Aileen niña se negaba a aceptar la realidad. ¿Qué pasó con el niño que conocí en aquel orfanato? No es ni una cuarta parte de lo que solía ser. Nada más el rencor en sus ojos es lo que me termina de confirmar que este no es el Matheus que fue mi amigo.

Ese Matheus murió.

Arrastra una silla tomando asiento.

—Estás muy calladita, ¿quieres llorar? —pregunta. Mi silencio es la respuesta que busca. Sus labios se ensanchan, luce satisfecho, triunfante. La puerta ha quedado entreabierta; debajo de ella puedo notar las sombras de los hombres—. ¿Quieres que te cuente un secreto? —Con sus nudillos busca tocar mi mejilla, no doy lugar a que me toque, echo mi espalda para atrás—. En el pasado, un padre desesperado "por encontrar a su hija" mató a la familia de un niño. —Mi mandíbula tiembla; las lágrimas siguen nublando mi campo de visión. El miedo se cuela por mis entrañas—. No es personal, pero tu familia es una mierda.

En cuanto articula la última oración, elevo la mirada con el ceño fruncido.

—¿Conoces a mi familia?

—Tu madre es una zorra.

—No te permito que hables así de ella.

Sorprendido, jadea cuando mi puño impacta contra su labio.

—¡Maldita! —brama, levantándose. Imito su acción, retrocediendo; mi espalda toca la pared. No tengo escapatoria, me tiene atrapada; quizás era lo que buscaba desde el principio: provocarme. Soy una idiota. No me di cuenta de sus verdaderas intenciones. Acorta el paso de mi respiración; sus manos son como acero en mi cuello, mis uñas se clavan en su carne. Sisea.

—Con mi madre no te metas —consigo hablar.

—¿Cuál madre? ¿La que te abandonó? Esa no es una madre. Madre era la mía; ella no me abandonó. Solo murió. Mejor dicho, la mataron.

—Debe de existir una razón —balbuceo, sabiendo que mis padres me abandonaron por voluntad propia. Yo sigo siendo terca en querer dar con ellos, aun cuando me dejaron siendo una bebé a merced del destino. Menos mal el... Mi estómago se tensa. El Padre Darío es fuerte, yo sé que sí.

—La única razón que hay es que no te quieren. No te quisieron. No te querrán. Solo eres un estorbo.

—Ya somos dos. Compartimos cosas en común, mejor amigo. Los dos somos estorbos.

—¡Yo no soy ningún estorbo, maldita!

La presión que ejercen sus manos en mi cuello es tanta que hay un punto que me hace considerar bajar la guardia. Tengo una horrible sensación de que desea romper mi cuello en dos.

El no poder respirar me está debilitando y matando, literalmente. Mi rostro está rojo.

—N-no p-puedo r-respirar.

—Es solo una advertencia: no sigas buscando respuestas de tu familia —gruñe, obligándome a caminar hacia el espejo que está cercano.

—¡Me estás lastimando! ¡Me duele! —grito, propinando un codazo que va directo a su estómago. Por instinto, me deja ir; corro, o es lo que quiero hacer. Llama a gritos a sus aliados y estos se me lanzan encima, derrumbando mi cuerpo al piso con dureza. Mi mejilla se lleva un doloroso golpe y raspón.

Nuestro Caos (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora