|Capitulo 34

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Hola. Dejen su presente.

34| PRESAGIO | PARTE 2

|GABRIELLA|

—Es divertido jugar a la presa y el cazador. Es divertido verte retorcerte de miedo en mis brazos.

—¡Suéltame! ¡No me hagas daño!

—Te daré quince minutos para que corras, Gabriella. Corre de verdad; si te encuentro, te mato.

Blaze comienza a contar los minutos. Su voz es baja, tenebrosa, macabra. Mis piernas duelen, mis pies arden. Esto es una de las actividades que él ama emplear contra las chicas que tiene atrapadas, secuestradas; las deja escapar para después salir a buscarlas como un animal que acecha a su presa. Quizás tenga razón: soy una presa y él, y el maldito de Finneas, son los cazadores, quienes tienen el poder para matar.

Corro, corro esquivando árboles, salto troncos, pero caigo y ruedo por una pendiente. Mis manos son el soporte para que mi rostro no se golpee contra una piedra. Mis labios se transforman en un puchero; la sangre brota de mis heridas.

—Tengo que sobrevivir. —Mi reflejo choca con el agua de un arroyo; me quedo unos segundos observándome con asco. ¿En esto me han convertido? En un nido de trapos viejos, ensangrentados y cubiertos de maltratos.

Corre, Gabriella.

No tengo reloj, por lo que es un juego a ciegas. Él puede ver y contar el tiempo; en cambio, yo me guío por mi instinto, que precisamente me está advirtiendo que esos quince minutos están por acabar. Cojeando, me levanto; mi pierna izquierda se ha lesionado, lo que me va a dificultar correr.

Tocará esconderme.

¿Dónde? ¿Dónde me escondo?

Lo que sobra son árboles y más árboles.

Puedo oír su risa, puedo oír cómo su zapato rompe una rama seca. Es simple supervivencia, lo que me lleva a activar mis sentidos.

Así, aunque mi pierna esté llorando de dolor, corro, mordiendo mis labios con fuerza para no lanzar un quejido que pueda alertar a Blaze.

—Eres buena jugando a las escondidas, Gabriella. Me recuerdas a mi víctima anterior; todavía recuerdo cómo suplicó para que no la matara.

Siento un vuelco en mi estómago. El sudor se desliza por mis sienes y el ardor en mi cuello se intensifica. Habla de la chica que compartió celda conmigo en el calabozo días anteriores; un día, Finneas la sacó para nunca más volver.

Blaze la mató.

—Apuesto a que estás temblando —chasquea su lengua—. Yo mismo me encargaré de envolver tu cuerpo en una caja de regalo y entregárselo personalmente a tu amorcito Matheus Lucchese.

»¿Lo odias, Gabriella? ¿O sigues conservando ese estúpido amor hacia él? Por su culpa estás aquí.

Cállate, cállate, cállate. No quiero escucharte más; eres una bestia que no debería vivir. Mereces el infierno y todo el sufrimiento posible.

—¿Por qué no lloras? —susurra. De repente, lo tengo frente a mí con esa cara demoníaca.

Grito, cayendo sentada. Ruedo sobre la pila de hojas secas que están debajo de mi cuerpo.

—¿Cómo deseas morir? —cuestiona, tomando mi barbilla entre sus dedos cubiertos por esos guantes de cuero negros—. Seré amable contigo porque conocemos a Matheus. Te daré la elección de que elijas tu muerte.

—¡Yo no quiero morir! —Mi mano alcanza una roca de tamaño mediano que utilizo para golpear su cabeza y dejarlo inconsciente un par de minutos.

Su cuerpo cae hacia adelante con un golpe seco; un hilo de sangre brota de su sien hacia abajo.

Nuestro Caos (Borrador)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora