CAPÍTULO 33

96 5 0
                                        

Payaso

Mi pierna se mueve de arriba a abajo con la rapidez de un velocista.

El auto en su constante avance obliga a las personas a deslizarse por mi ventana. Todo pasa, menos los nervios en mi estómago, menos el leve temblor en mis manos, menos las ocasionales miradas furtivas de Erick, que me instan a buscar en sus brazos tranquilidad. Él ocupa el asiento de copiloto. A mi lado, Anthony usa su móvil despreocupado.

—Sargento, ¿sabe si todo está bien con Sam? —sin despegar los ojos de la carretera, cuestiona.

—¿Por qué la pregunta, Robert? —la conversación parece interesarle a Anthony porque abandona su móvil y mira hacia adelante con curiosidad.

—No es nada, solo que ha estado pidiendo muchos permisos y pensé que podría tratarse de su salud. —carraspea al finalizar, ser el centro de atención, parece no ser su fuerte.

—No creo que sea prudente que yo ventile la vida de Sam, pero ella estará en su puesto al llegar, entonces, le podrá preguntar directamente.

Solo hubo un asentimiento como respuesta y así todos volvemos al silencio habitual. Repasé de nuevo mis apuntes, repasé de nuevo las preguntas planeadas, repasé y repasé, pero no dejaba de sentirme intranquila. Y que anunciaran que ya habíamos llegado, solo disparó mi pulso por los aires. Sabía que no estaría tan cómoda como siempre, pero estar cerca de este hombre me produce mucha incertidumbre.

Mi mano se desliza por la trenza que reposa sobre mi hombro, con cuidado de no desordenarla, Regina pidió expresamente que no la tocara a pesar de los nervios, puso mucho empeño sobre ella, ya que cuando vio mi triste intento, tuvo que apurarse para poder arreglarlo antes de que pasaran por mí. Fui la última en subir y supongo que era la única a la que la faltó el aire durante todo el camino.

Al traspasar las rejas metálicas, el poco aire que percibía se hizo mucho más frío; aunque nadie hablaba, todos se movían con seguridad, algunas cabezas se giraron para seguir los alargados pasos de Erick.

Nos adentramos por un corto pasillo tras del oficial presentado a nosotros como Burgos; al llegar a una puerta de madera oscura, nos hizo pasar a una sala sombría, donde se encontraban cuatro oficiales más; cada uno tenía peor cara que el anterior, la hostilidad pintaba sus rostros mientras nos indicaban que nos harían una requisa, — es protocolo, nada del otro mundo— aseguró Burgos, en un vago intento de sonar amistoso, nadie respondió. Para este punto no sé si soy la única que siente lo mencionado, pero el ceño fruncido del detective Dení cuando nuestras miradas se cruzaron, me hace pensar que no es así.

La enorme cadena de pensamientos que tejía mi cabeza me impidió notar que uno de los oficiales se me agachó frente a mí, palpando mis piernas hasta llegar a mis rodillas, llevaba medias térmicas, y aun así su tacto parecía traspasar la tela y adherirse a mi piel, solo podía ver su cabeza rapada desde mi posición y en el instante que quiso separar mis rodillas, estas no cedieron en una respuesta inconsciente.

—Abre las piernas, reina —su voz se abrió paso resbalando entre el silencio, fue un susurro tan calculado que retumbó como la cuerda más grave de una guitarra en mi cabeza.

Sus manos seguían sobre mí, cada vez apretaba más y con fuerza subió su agarre hasta mis muslos, debajo de mi falda, mas no se detuvo, en un movimiento veloz, estaba en mi espalda, sus manos pararon en mis caderas y su pelvis contra mí.

Intenté separarme erráticamente quitando sus manos de mi cuerpo, mas no fui yo quien se encargó que ese oficial terminara estrellándose contra la pared atrás de nosotros.

—Suéltala, imbécil —en un golpe seco, su voz ronca asemejó el cantar de dulces cascabeles, pero la rigidez en su mandíbula y la vena en su cuello amenazan al oficial que permanece en el suelo—, si vuelves a acercarte a ella... juro que lo lamentaras, ¿entiendes? —los ojos del hombre lucían sumamente conmocionados, el temblor en sus pupilas son la muestra de su estado de alerta.

La Sombra De Tu PresenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora