Leila II
La leve corriente de aire que corre por mi espalda provoca que mi piel se erice, corrijo mi postura por décima vez y al girar mi cabeza, mi reflejo me encuentra dedicándome una mirada insegura, mas, aunque es complejo de creer, mi sentido se agudiza lo suficiente para atravesar el grueso vidrio, que separa las dos pequeñas habitaciones y aunque no lo veo, sé que me observa, lo siento, tanto que me obliga a regresar mi cabeza a su sitio.
Anthony juguetea con la manga de su suéter, algo llama mi atención, así que lo observo con más detenimiento. Sus dedos se mueven encima del tejido amarrillo que lo viste, ¿eso es...? ¿una cicatriz? No es reciente, mas su ubicación en la intersección de su pulgar e índice supone un desafío para la cicatrización de su piel.
—¿Qué ves, Am? —su voz golpea con cada rincón de esta sala, provocando un sutil eco corriendo a paso de un despreocupado anciano que tropieza con la puerta rechinante que se abre ligera; permitiéndome ignorar su interrogante.
Sus pies se arrastran, casi es cargando por los dos oficiales que lo acompañan hasta la silla frente a nosotros; sus brazos, reposan en la mesa gris y su cabeza se mueve a velocidad sofocante, cuando su escrudiño llega hasta nosotros, él no nos ve, sus ojos se enfocan en una grieta pequeña que se encuentra en la mesa. No puedo evitar notar su hombros hundidos, piel pálida y ojeras prominentes. Sé que Anthony me mira, pero deliberadamente lo ignoro.
¿Qué espero? No lo sé, mas me mantengo expectante de los micro-gestos que empañan su intento por mantener vacío su rostro.
Ahí está de nuevo, el aire acaricia la parte media de mi espalda, colándose por alguna hendidura entre capa y capa de tela que protege mi cuerpo del frío. Franco aumenta sus parpadeos, sus pupilas se mueven recorriendo una y otra y otra vez la longitud de aquella marca banal, su postura cambió cautamente en el último pestañeo, arqueó sus hombros hacia delante, encorvándose.
Un golpeteo en mi rodilla me sobresalta. Observo el rostro desconcertado de Anthony y leo el mensaje en sus ojos, asiento, pidiendo en silencio que sea él quien comience con este interrogatorio.
—Señor Franco, ¿sabe por qué estamos aquí? —como era de esperarse, Enrique no se inmutó, mantuvo su mirada fija, sin dar indicio de escucharnos o siquiera ser consciente de lo que ocurría a su alrededor.— Señor Franco, necesitaré de su cooperación para que este interrogatorio sea productivo y ameno, ¿me está escuchando?
Mi mano se deslizó por la superficie hasta tocar aquella imperfección que sofocaba la atención del hombre frente a nosotros— Enrique Franco... —dejé que su nombre resbalara por mis labios. Su mirada ahora seguía el movimiento de mis dedos sobre la estría— ¿Recuerda lo que ocurrió el veintiséis de enero de 2003? —Mi índice golpea en un ritmo constante la superficie dura, al principio no se mueve, solo sigue el movimiento con sus pupilas—veintiséis de enero de 2003 —repito escalando un par de decibeles, solo hasta ese instante consigo una reacción de su parte.
Sus ojos abandonan la mesa y se deslizan al espejo a mi espalda, donde su reflejo parece desagradarle, porque mueve su cabeza de inmediato, chocándose con el gesto hastío en el rostro de Anthony— ¿Quiere que le repita la maldita pregunta? —cuestiona este último, molesto.
—El veintiséis de enero de 2003, murió Carla Marie Franco, en el hospital Consagro a manos del ginecólogo de turno Andrés Montes y su grupo de doctores residentes que... —sus palabras suenan atropelladas y ansiosas; debe carraspear un par de veces mientras intenta seguir hablando, su garganta debe estar seca— Ellos no pudieron salvar a mi mujer, ellos...
—Me temo que está olvidando algo de ese día o más bien, a alguien. —mantengo una voz serena y pausada en todo momento— Leila Franco, su hija, nació en esa fecha. La doctora fuentes estuvo presente en la sala de parto en ese momento, una mujer muy amable, —apunto con una sonrisa leve— me comentó que recuerda muy bien ese día, fue todo muy complicado, pero Carla no paraba de sonreír y llorar de felicidad cuando escuchó su llanto y tuvo a la pequeña Leila entre sus brazos. —veo como aparecen emociones en su rostro, son tantas que me es imposible identificar alguna, sus puños se cierran con fuerza y sus nudillos comienzan a blanquearse.
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La Sombra De Tu Presencia
غموض / إثارةAmber Campell es una joven estudiante de criminología apasionada por la mente y comportamiento humano. Su universidad en convenio con una agencia de seguridad privada, crean un programa de prácticas para sus estudiantes más destacados, con el fin de...
