CAPÍTULO 46

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No confíes en mí

—Debo confesar, que te subestimé. —su risa inundó el cuarto, sentado tal como dueño legítimo del aire que respiro— No creí que fueses tan tonta.

Justo después de ver los autos mandados por García regresar sin haber cumplido su objetivo, me obligué a pintar de blanco mi expresión. No le daría ningún tipo de satisfacción a ese ruin ser ajeno de toda ética.

De hecho, empezaba a practicar mi mirada de desprecio con él, cuando entró el otro incompetente.

—No pudieron ubicarlos. —informó robóticamente. Tomando los papeles que García le extendía con la mandíbula tensa. Deseé que me contemplara, pero rodeo mi sitio sin disimulo y adoptó una postura rígida al otro lado de la oficina, junto al librero polvoriento. Podría apostar los lindos zapatos que robaron por mí, que nadie había leído un libro de allí en mucho tiempo. Y menos, el lambón que le ofrecía algún tipo de licor carísimo a García con ganas de ser reconocido.

Estoy frustrada.

El calor que emanan las heridas en mis muñecas, amenazaban con cocinarse vivas si no dejaba de retorcerme. Me amarraron bien. Y ahora, me riño por no prestar más atención en las clases de escultismo cuando niña, seguro sabría cómo desatar el estúpido nudo. Resoplo por quinta vez desde que me lanzaron aquí, capturando el interés de Erick; sin embargo, para mi desgracia, el tipo de corbatas horribles es el que pone el dedo índice en sus labios dictando silencio.

Las ganas que tengo de golpearlo directo en la nariz están llegando a límites que no me había tomado el tiempo de demarcar.

—Sargento —Meneando el vaso minúsculo en su mano, llama—, quiero que la próxima vez que venga, por su bien —hace una pausa llena de advertencia—, tenga mejores noticias que esa. —mueve la cabeza hacia la puerta y resopla diciendo— Hazte cargo de eso.

Lo observo acatar la orden sin vacilar, tardando un segundo más de lo necesario en el umbral de la puerta. La parte de mí que aún lo espera, se emociona sin que yo pueda detenerla. Su cabeza gira en mi dirección, veo los músculos de su espalda contraerse por un mísero segundo de esperanza, acto siguiente abandona el lugar dando un portazo que hace templar la licorera en un tintineo peligroso.

Vislumbro la madera roja permanecer impoluta, ignorante de todo malestar que avivaba en mi interior. La llama, abnegada a toda lógica, se fortalecía a cada momento, robando el oxígeno de mis pulmones dejándome sin aliento.

—¿No te cansar de darme problemas? —tras chasquear la lengua, se dirige a mí, sin acercarse, como si en verdad esperara una respuesta— Mira —comienza en tono condescendiente, quizá probando otro ángulo—, te lo voy a reconocer. Lo hicieron bien. Estoy... orgulloso. ¿Satisfecha? Ya, dime, ¿quién carajo te ayudo?

Le sostengo la mirada en mutismo. El habitual temor que me provoca su presencia encoje mi estómago. Pienso en todas las catastróficas posibilidades que tenían de ser vistas, pero me persuado ante la idea de que, si está preguntando, es porque efectivamente, hicieron un buen trabajo.

—Santa. —susurro en un subidón de autoconfianza. Y no puedo evitar que se forme una sonrisita que dura poco y oculto rápido.

—Estas de buen humor, ¿eh? —vuelvo a mi mueca vacía— ¿Crees que ganaste? ¿De verdad eras tan ingenua para creer que tienes ventaja?

No pude pensar en una respuesta ingeniosa antes que mi mundo girara bruscamente hacia un lado. Su mano regresó rápido a su bolsillo, como quién espanta una mosca. Seguía mirando el suelo cuando sentí una lágrima recorrer mi mejilla, como si quisiera acariciarme o quizá recordarme que sigo siendo igual de débil.

La Sombra De Tu PresenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora