CAPÍTULO 38

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Sombras que no se disuelven

El rostro del hombre grande que protegía mis sueños de aquellos monstruos imaginarios que rondaban mi habitación de noche, ahora se encontraba descompuesto, tan pálido como ensombrecido.

—¿Papi? —pequeña y en un susurro mi voz buscaba sus ojos.

—Tranquilla, no pasa nada.

Acostada en la camilla de aquel hospital, las enfermeras ojeaban detrás de las delgadas y azules cortinas que nos separaban. Más que el catéter en el dorso de mi mano, los gritos tras la tela eran los que me tenían aterrorizada. Las caricias en mi pierna, pretendían serenar el torbellino en mi estómago.

Al llegar mamá todo se apaciguó un poco más, esparció besos en mi rostro y despejó las lágrimas en las mejillas de papá.

Por mi lado, sentía cómo la culpa se instalaba en mi pecho, volviéndolo pesado e insoportable. Fui yo quien estaba despistada, fui yo quien cruzó la calle sin mirar, fui yo quien quedó paralizada a mitad de la calle por los gritos a mi alrededor.

El rugir de ese motor, quedó acallado por el chillido de las llantas sobre el pavimento y tras ser la culpable, hui. Me resguardé en las sombras de la inconciencia, como una cobarde.

Abro mis ojos con dificultad sin advertir la segadora luz que inundaba la blanca habitación, mis pupilas se mueven con rumbo indefinido, chocando con el espacio que me rodea. Una mata de cabello negro cruza mi vista, presentándose como objetivo a quien enfocar.

—Regina... —mi garganta arde. Su nombre se arrastra como papel seco, torpe y gastado. Su cabeza se levanta de golpe y se acerca a la cama con rapidez. Toma mi mano con la delicadeza de quien transporta cerámica vieja— ¿Qué pasó?

—Estamos en el hospital. Los médicos dijeron que está todo bien. —sus palabras, aunque cargadas de sentimientos comprimidos, carecen de honestidad. Algo me oculta, más la pesadez de mis párpados me impiden seguir hablando.

Estoy despierta, pero me siento atada, adherida a la cama y limitada a sentir lo que rodea mi cuerpo desde la oscuridad. Mis ojos permanecen cerrados, mas mi mente no para de moverse.

¿Quién era ese hombre? ¿Por qué dijo aquello? ¿Por qué no me hizo verdadero daño? Tuvo el tiempo y la oportunidad para hacerlo. ¿Solo debía amenazarme? ¿Quién está detrás de esto? ¿Por qué?

Las preguntas golpean mi cabeza, provocando un incipiente malestar. Trato de huir, regresar al amparo de las sombras; sin embargo, algo me ancla. Su olor, tibio y familiar embriaga todo el cuarto y el calor que emana su presencia, me envuelve con delicadeza, instándome a permanecer, a no renunciar a la luz. Por el contrario, ahora la busco, como quien se ha perdido entre la nieve de un crudo invierno y, aun temblando, se deja alcanzar por el primer rayo de sol.

Con la ternura que sólo el silencio permite, siento el paso del dorso de sus dedos por mi mejilla, apenas rozándome, como si quisiera tocar un pensamiento, como si su caricia pudiera espantar la aparente paz que aún me arropaba.

Con mucho esfuerzo, abrí lentamente mis ojos en su búsqueda. Poco a poco recuperando un poco de control corporal, estiro la mano alcanzando la tela que lo cubría, tal como el niño que busca una manta: no por abrigo, sino por consuelo. Arrugo la tela tirando de ella contra sí en una súplica muda, esperando que lo notara.

—Bonita... —su voz me acuna al igual que sus manos.

—Así ha estado la última hora, teniendo pequeños momentos de lucidez antes de volver a dormir. — una voz masculina interrumpe mi intento de despegar los labios— La enfermera dijo que lo más regular es que despierte en unas horas por las pastillas y todo eso, pero que si lo hace antes será así.

La Sombra De Tu PresenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora