CAPÍTULO 49

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Caída

—Me sorprendió mucho que llamaras.

Aun no controlaba mi respiración. No dejaba de mirar los retrovisores del auto, esperando desde una resignación profunda que me encontraran. El viento golpeando mi rostro y revoloteando mi cabello enmarañado disipaba el mareo que sentí al subirme.

Él, tan calmado como lo recordaba, manejaba sin prisas. Supongo que sospechaba la naturaleza de mi actuar, pero aún no había formulado ni una sola cuestión.

—Nadie nos sigue, Amber. —asegura pausado— Y me sentiría mucho más tranquilo si te pones el cinturón.

Solo hasta ese momento me miré notando la ausencia del mismo. No puedo disimular mi angustia y desespero cuando el mecanismo no cede, como si estuviera empeñado en desbordar mis nervios, a pesar de mis esfuerzos erráticos, no pude sacar la correa negra. Lo oí embozar una sonrisa comprensiva y aprovechando un pequeño embotellamiento de autos común en esta avenida, se movió hábil y de un solo estirón, el sonido característico del seguro inundó el vehículo.

—No te lo tomes personal. —comenta risueño, ignorando mi continuo silencio— A ese asiento solo le agrada mi esposa. A veces pienso que le puso algún embrujo.

Me brindó una sonrisa rápida y sincera antes de volverse a la carretera, tampoco pasé por alto su ojeada a la carpeta que permanecía apresada contra mi pecho. La idea de soltarla solo anunciaba en letras grandes peligro y alerta. Liberé una de mis manos para que apartara el cabello de mi cara, resoplando.

—Oh, espera. —anunció rebuscando en los compartimientos— Margui siempre deja una liga por aquí. Espero que no se la haya llevado ayer... Eureka. —con los ojos fijos en el camino, me extiende la liga blanca.

La tomo con recelo y rápidamente cierro la ventanilla, antes de colocar la gruesa carpeta en mis piernas. Mi cabello se siente horrible, lleno de nudos y polvo, trato de no pensar mucho en mi aspecto y solo hago un recogido lo más prolijo posible.

—¿A dónde vamos? —mis ojos se entrecierran y el miedo se apodera de mi voz.

Fue muy difícil sortear la seguridad que había en la entrada del hospital, pero de alguna forma a pasos largos dejé aquella fachada gris y pude correr. Jamás olvidaré el rostro de la mujer que me prestó su móvil, dejándome marcar. Casi creí que había errado el número cuando no respondió. Entonces, la mujer, que podía rondar los cincuenta años me instó a volver a intentarlo.

—Tranquila. —su tono logra su cometido sin la autorización de mi voluntad— La estación de metro es un sitio bastante previsible. Será el primer lugar que irán. Debes ser más inteligente y no dejarte llevar de impulsos.

—Llamarlo fue un impulso. —susurré pasándome la palma de la mano por la frente, retirando la capa de sudor invisible.

—Un impulso muy inteligente si me lo preguntas. —algo en esa sonrisa detonó la voz que me había esforzado tanto por mantener en silencio.

—Esto es un error. Perdóneme. —no puedo mirarlo— Solo lo estoy poniendo en peligro. Fue un error... déjeme aquí, puedo caminar y...

—Respira, Amber. —sin dejar de movernos, me ofrece calma con sus palabras— ¿Recuerdas el ejercicio que te enseñé? Hagámoslo juntos, inhala... —solo lo observo al principio, incapaz de imitarlo— Oye, dime, ¿qué sabor tienes en la boca ahora?

Mis cejas se unen con confusión, mas me obligo a darle una respuesta.

—Polvo.

—Guácala —sonríe amplio— Ahora quiero que respiremos juntos y luego compramos algo para tomar. ¿Estamos?

La Sombra De Tu PresenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora