CAPÍTULO 50

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El precio

La poca luz que se filtraba por la pequeña ventana anunciaba el final del día y, con el, todo el peso que cargaba en sobre mis hombros se diluía. El tiempo iba muy deprisa, las horas se amontonaban cargadas de recuerdos que señalan y exigen.

Justin continua su declaración, giro mi cabeza buscándolo, pero no lo encuentro, me evita. Una parte de mí lo entiende, la otra se resiste. Paso la palma sobre mi cabeza aplanando los cabellitos que imprudentes salen de la formación.

—Amber —llama interrumpiéndose en su relato— ¿podrías traerme un poco de agua? La cabeza me quiere explotar —explica con voz rasposa.

Me levanto de inmediato, pasando por su lado rápido. Es la primera vez que lo escucho quejarse después del hospital. No he preguntado ni una sola vez por su estado desde que regresé. No cuestioné la ausencia de las vendas aún con el corto periodo pasado, no noté la mueca que hizo al sentarse en la silla anormalmente baja de la oficina de Montenegro. Mis pasos resultan pesados, las piernas hormiguean tras permanecer inmóviles. El dispensador de agua de la sala de espera está vacío. Maldigo por lo bajo, quise preguntarle a la mujer que nos atendió al llegar, pero estaba atosigada de gente.

Resignada, decidí avanzar a las salas conjuntas, por una vez que Justin me pida ayuda no puedo regresar con las manos vacías. La subsecuente estaba muy llena si quiera para verificar, así que seguí avanzando. Desde el vidrio la siguiente estancia está desierta, salvo por los propios funcionarios. Emito un saludo cordial, pasando frente a ellos; no hay respuestas audibles, no le tomó mucha importancia y me centro en llenar el vaso hasta el tope, para que la espera valga la pena.

El inconfundible sonido de tacones chocando contra el suelo colma la habitación más rápido que la presión del agua. Una voz femenina con acento raro saluda de forma general antes de detenerse en uno de los cubículos de atención, no puedo evitar soltar una risa áspera cuando todos contestan afables. —La educación también está entrelazada con la burocracia— pienso cuando escucho al hombre tratarla de señora abogada.

Cumplido mi cometido, me dispongo a avanzar despidiéndome con sarcasmo.

Ni las balas ni la madures nos han alcanzado hasta ahora. Todo un logro.

Me estoy riendo sola, luciendo más desequilibrada de lo que quiero aparentar, cuando sus palabras me detienen en seco.

—Yo te conozco. —asegura de espaldas a mí. Giro lentamente sobre mis pies, ignorando la familiaridad de su extraña entonación. Aquella mujer sonríe ampliamente y sin perder tiempo se acerca haciendo resonar cada paso— Sí..., sigues igual de linda.

Entorno mis ojos, tratando de seleccionar el recuerdo necesario, pero algo me impide llegar a el.

—Me alegró mucho verte, linda. —acaricia mi brazo con la confianza que le tienes a un viejo amigo y se despide coqueta de todos los presentes— Le mandaré saludos de tu parte —asegura guiñando un ojo antes de atravesarme.

Y yo me quedo ahí, plantada en el piso de mármol. Mareada entre tantas imágenes que no me dicen nada. Hasta que una tormenta de arena merma lo suficiente para dejarme ver un poco tras ella.

—¡Espera! —grito son importar verme inconveniente.

Jadeo al detenerme. El subidón de adrenalina, no le avisó lo suficientemente rápido a mi corazón, que ahora bombea en descontrol.

—¿Te puedo ayudar en algo? —su voz segura y pausada contrasta con las bocanadas de aire que me obligo a inspirar.

—No... le... digas. —suspiro con una mano en el pecho.

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⏰ Última actualización: Apr 03 ⏰

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